"La diferencia entre un turista y un viajero reside en que cuando un turista llega a un sitio sabe exactamente el día que partirá. El viajero, sin embargo, cuando llega a un lugar, no puede saber si acaso se quedará allí el resto de su vida" Paul Bowles.

lunes, 11 de julio de 2011

Las Misiones Jesuíticas




El único DVD que tienen a disposición de los huéspedes en el hostel “El jesuita”, en San Ignacio, es, no podía ser otro, La Misión, la espléndida y épica película de Roland Joffé que ganó la Palma de Oro en Cannes en 1986, y que cuenta de forma bastante rigurosa el esplendor y caída de ese fascinante experimento que fueron la misiones jesuíticas en territorio guaraní. Después de muchos años, la volví a ver allí, en compañía de Carla y de Dayana, como colofón a un precioso día en el que habíamos caminado mucho visitando las ruinas de las misiones de Loreto y Santa Ana. Recordé cuando la vi por primera vez, en el cine Andalucía de Cádiz, uno de esos teatros reconvertidos, con inmensa pantalla, que ya no existen en mi ciudad. Recordé cuánto me impresionó la visión de las cataratas Iguazú en aquel momento, y que me prometí a mí mismo que algún día tendría que ir allí. Ahora he ido, y mientras las contemplaba, y también cuando visitamos las misiones del lado paraguayo, resonaba en mi mente la extraordinaria música con que Ennio Morricone adornó el filme. Por eso, no sé si servirá de precedente, voy a invitaros también a que la escuchéis mientras leéis este artículo. El vídeo es sólo una imagen fija. Por favor, pinchad en “play”, y esperad a que comience a sonar el oboe antes de seguir leyendo.


La música. La música fue el primer medio utilizado por los jesuitas para cautivar a los guaraníes. Con sus violines, sus flautas y sus oboes se adentraban en la selva, en los territorios alrededor de las lguazú, y tocaban. Los guaraníes, que tenían, lo demostraron bien después, una exquisita sensibilidad para el arte, salían de la nada y los rodeaban boquiabiertos. Así contactaron. Primero se agruparon en aldeítas de chozas de techo de paja (los guaraníes eran seminómadas hasta entonces) pero cien años después, a principios del siglo XVIII, ya habían construido verdaderas ciudades de piedra, con sanitarios y agua corriente para todos sus pobladores. Treinta misiones, repartidas por territorios de lo que ahora es Brasil, Argentina y Paraguay. Todas tenían la misma disposición: una gran plaza central dominada por una iglesia de estilo barroco, con el claustro donde vivían los dos únicos jesuitas que había en cada misión. A un lado de la iglesia se encontraban la escuela y los talleres de los artesanos, al otro el cementerio. En la plaza, enfrente de la iglesia, estaba el cabildo, formado por los caciques de las diversas tribus y familias que componían la misión, y que ahora se organizaban como alcaldes y alguaciles. En uno de los costados de la plaza estaba el edificio del ejército, imprescindible para defenderse de los múltiples enemigos que luego comentaré, y al otro la casa comunal de viudas, huérfanos y mujeres solteras. El resto eran viviendas dispuestas  geométricamente y, rodeándolo todo, las tierras de pasto y de labor.  Cuando una misión sobrepasaba los cinco o seis mil habitantes se comenzaba a fundar otra. Treinta misiones. 200.000 guaraníes.




Cada familia poseía su chacra privada y sus animales, pero la inmensa mayoría de las posesiones era colectiva. En las misiones imperaba un sistema cooperativo de producción. Cultivaban yerba mate y criaban animales con destino al comercio externo, y los beneficios eran repartidos equitativamente. También los guaraníes se convirtieron en excelentes artistas artesanos, y los muebles (labrados en lo que se ha venido a llamar “estilo barroco mestizo”), las estatuas, las pinturas, la orfebrería y los instrumentos musicales que fabricaban llegaron a venderse en Europa. También cantaban y tocaban de forma sublime partituras de música barroca mestiza que hoy en día se siguen interpretando como la mejor música clásica de Paraguay, y en las que Ennio Morricone se inspiró para la banda sonora que estáis escuchando. Las misiones jesuíticas eran ciudades económicamente autosuficientes, prósperas e igualitarias. Si un colono español aparecía por allí se le ofrecía hospitalidad, pero no podía alojarse más de tres días en el lugar. 


En las misiones jesuíticas encuentro el mejor ejemplo de ese raro fenómeno que los especialistas denominan “transculturalidad”. Los padres respetaron por completo el idioma guaraní, y solo los caciques aprendían español, e incluso latín. Los indígenas introdujeron con facilidad sus propias danzas, celebraciones, procesiones y ofrendas en la liturgia cristiana. Por su parte los jesuitas adoptaron con gusto las prácticas chamánicas de curación. Dentro de un nuevo sistema económico y social que poco a poco los iba estrangulando, los guaraníes encontraron en las misiones un espacio privilegiado para seguir siendo guaraníes.


Para defender ese espacio tuvieron que luchar duro. Agrupados en ejércitos pelearon contra los “bandeirantes” (cazadores brasileños de esclavos), contra los “comuneros” (terratenientes hostiles  a la corona que querían incorporar las misiones a sus haciendas) y, entre 1754 y 1756, contra la Corona portuguesa, que quería disolver varias misiones que, tras un acuerdo con España, habían quedado dentro de territorio brasileño. Fue la llamada guerra “guaranítica”: el episodio histórico que refleja la película de Joffé.

A mediados del XVIII, los jesuitas habían acumulado un inmenso poder. Tenían prósperas haciendas y florecientes universidades en Córdoba, La Plata (actual Sucre) y Cuzco, además de ochenta y tres colegios de secundaria repartidos por todo el continente. Además de las guaraníes, contaban con misiones en Bolivia, México, e incluso en lugares donde todavía los españoles no habían logrado asentarse, como Chiloé o los alrededores del río Marañón. En sus Universidades y colegios enseñaban a los criollos a no someterse a la Corona, y en sus misiones enseñaban a los indígenas a no someterse a los terratenientes o a los traficantes de esclavos. A todos, criollos e indígenas, les enseñaban a ser dignos y libres. En 1767 Carlos III decretó la expulsión de los jesuitas.


La Corona se adueñó de todas las posesiones jesuíticas y las repartió entre hacendados y hermandades afines. Las misiones pasaron a manos de los dominicos, que intentaron explotarlas con criterios mercantilistas. Pero los guaraníes no eran mano de obra barata o servil. Eran hombres libres, que hasta ese momento habían vivido allí porque querían, y ya no querían. Más pronto que tarde todos huyeron, y las misiones quedaron abandonadas. Las ciudades cercanas, y sobre todo Asunción, se llenaron de maestros, orfebres, carpinteros, escultores, albañiles, músicos, herreros y agricultores que hablaban guaraní. Esta masiva emigración guaraní en los albores del XIX es, sin duda, el episodio fundacional más importante de la nación paraguaya. Al igual que la era del imperio incaico para Perú, en Paraguay la época de las misiones jesuíticas es percibida como la “edad de oro” de su país.


Hoy en día Paraguay es el país más perfectamente bilingüe de toda América Latina. Salvo la comunidades menonitas de origen alemán que poblaron el Chaco en el siglo XX, prácticamente todos los paraguayos hablan guaraní, muchísimos como primer idioma. Y hablan el guaraní que se hablaba en las misiones. Anai Vera, una etnobióloga que trabaja en el Departamento de Educación Indígena de Asunción, me informa de que, de los seis dialectos guaraníes que se hablan en las comunidades que nunca fueron contactadas por los jesuitas, ninguno se corresponde exactamente con el guaraní oficial. La lengua oficial de Paraguay es el guaraní que se estandarizó en las misiones.

Por cierto, una curiosidad filológica. El guaraní tiene doce vocales: cinco orales como las del castellano, las mismas cinco pronunciadas de forma nasal, y una “u” y una “i” guturales. La “i” gutural (grafía “y~” ) es una palabra por sí misma, y significa “agua”. El adjetivo “guazú” significa “grande”.



Y~ Guazú.


 Agua Grande.



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