"La diferencia entre un turista y un viajero reside en que cuando un turista llega a un sitio sabe exactamente el día que partirá. El viajero, sin embargo, cuando llega a un lugar, no puede saber si acaso se quedará allí el resto de su vida" Paul Bowles.

sábado, 16 de julio de 2011

La ruta del Che en Bolivia (3): Alto Seco.





En Vallegrande monto en este camión (es el único transporte público que existe entre estos pueblos) y me dirijo a Alto Seco. Casi todas las personas, sobre todo las mujeres, van sentadas en la parte de la caja más cercana a la cabina; los hombres, sin embargo, en la parte central o trasera, van de pie. Pronto comprendo el motivo. En la parte trasera es imposible ir sentado, porque los baches hacen que uno salte hasta medio metro a veces, y termina completamente amoratado. Así, viajo durante cuatro horas de pie, agarrado a las barras, con las piernas y los brazos entumecidos del esfuerzo por mantenerme erguido ante los bamboleos, y el corazón encogido ante la visión de los tremendos desfiladeros que bordeamos. Pero con el viento en la cara, el sol sobre mí, y una reconfortante sensación de libertad. A mediodía llegamos a Alto Seco.


Alto Seco es una pequeña aldeíta, a 1.900 metros de altura, a donde el Che y sus hombres arribaron el 22 de septiembre de 1967. Se aprovisionaron y dieron por la noche una pequeña charla en la escuela “a un grupo de 15 asombrados y callados campesinos, explicándoles el alcance de nuestra revolución”. Mi esperanza era encontrar a alguno de estos hombres.


En Alto Seco no hay hospedaje, ni restaurantes, ni casi nada salvo un puñado de familias que parecen vivir al margen del mundo, cuidando de sus animales y sus chacritas, y entrando y saliendo de las casa de los vecinos como si todos vivieran en una pequeña comuna. Doña Elisabeth, que aunque sale muy seria en todas las fotos es una mujer encantadora, hace pan todas las tardes para el abastecimiento de todo el pueblo, y alguna vez ha preparado comidas para grupos de visitantes que venían siguiendo la ruta del Che. Me dio de comer y me dijo que en la biblioteca municipal había unas colchonetas, y que algunos excursionistas habían dormido a veces allí. Como nadie en el pueblo fue capaz de encontrar la llave de la biblioteca, terminé durmiendo en su casa. Con doña Elisabeth pasé una tarde muy agradable, viéndola hacer pan mientras ella me contaba su vida.



En 1967, doña Elisabeth tenía ocho años, y vivía en una casita en medio del monte. Recuerda que por aquella época nadie comprendía qué estaba ocurriendo, todo el mundo tenía mucho miedo y se escondía cuando veía venir a los guerrilleros (“a los campesinos hay que cazarlos para poder hablar con ellos pues son como animalitos” comenta el Che). Cuando ella atravesaba los senderos para ir al colegio veía a los soldados apostados, haciendo guardia, y le daba tanta pena que les daba a menudo su merienda para que tuvieran algo que comer. Su madre llegó a regañarla por ello. Dice que de los habitantes del pueblo que pudieron escuchar la charla del Che no queda nadie aquí. Que las personas mayores alquilan su chacra y se van a vivir a Vallegrande o a Santa Cruz, solos en casa de alguno de sus hijos. Viven de la renta de la chacra y del bono de doscientos o trescientos bolivianos que  les da el Estado. Doña Hilda se queja de que cada vez hay menos gente en Alto Seco, muchas casas están cerradas, y ella cada vez tiene que hacer menos pan. Uno de sus hijos vive en el pueblo, dedicado a la agricultura, pero dos de sus hijas han estudiado Ingeniería Agrónoma, e incluso una se encuentra en este momento cursando un master en Costa Rica. Ella y su marido, que se encuentra trabajando en la chacra y no llegará hasta la noche, han trabajado duro durante años para darles una educación, y bien orgullosa que se ve a doña Elisabeth de ello.


Mientras se calienta el horno salimos a dar un paseo. Me  muestra la antigua tienda del corregidor, donde el Che, contra su costumbre, se aprovisionó sin pagar como represalia a que el corregidor había huido a dar la voz de alarma (normalmente pagaban todo lo que adquirían, y pagaban muy bien, en dólares, aunque muchos campesinos era la primera vez que veían ese tipo de billetes). El señor de la foto es el hijo del corregidor de la época. Sus padres viven en Vallegrande, donde él es dueño de un hotel. Al hijo del corregidor no parece hacerle mucha gracia las simpatías que despierta el Che y, lógicamente, se queja del saqueo que cometió contra su madre (“La camioneta que debía venir de Vallegrande no ha venido, lo que confirmaría la versión de que el corregidor fue a avisar, no obstante, debí aguantar el llanto de su mujer que, en nombre de dios y de sus hijos pedía el pago, cosa  a la que no accedí.” escribe el Che).




Doña Elisabeth se va a vigilar su horno, y yo sigo paseando por Alto Seco. En seguida, claro, me veo andando en medio del campo. Ya está oscureciendo, y una muchacha que pasa a caballo en dirección al pueblo me advierte: “¿dónde va usted?”.

-Bueno, estoy paseando.
-Tenga cuidado. Es peligroso.
-Sí, ¿por qué?
-Por nada. Es mentira, ja ja ja. Siga nomás.- Y arranca a galopar.

Cuando vuelvo a casa de doña Elisabeth me encuentro con que la pequeña bromista es su nieta, y ella está allí ayudándola a hornear el pan. Zuleima es una chica de muy buen humor, y todavía me gastará un par de bromas más a lo largo de la noche. Tiene dieciséis años, y es la única persona de su edad que hay en el pueblo. A veces se aburre un poco, pero muchos fines de semana, me dice, se va a Vallegrande para salir por ahí con sus amigas.




Se me ocurre que quizás pueda llegar a La Higuera a caballo o a mula, que creo que es el único medio de transporte que no he probado en la ruta del Che. Zuleima me lo desaconseja, porque dice que los caballos (de mulas no dispone) que tiene ahora son bastante bravos, y sólo ella puede montarlos. Doña Elisabeth, además, me cuenta que tardaríamos más de quince horas, y que cuando uno no está acostumbrado a montar, llega a su destino con la sensación de que sus muslos, su trasero, su espalda y sus hombros, se han convertido en trozos de madera.

Al día siguiente, pues, vuelvo al camión que me lleva al cruce de Alto Seco con el camino a La Higuera. Cargando con mis dos mochilas (los libros, previsoramente, los he dejado guardados en un hostal de Santa Cruz) arranco a caminar con la esperanza de que pase algún camión, u otra movilidad que me lleve. No pasa ningún transporte público y los pocos coches particulares con que me cruzo, para mi sorpresa, no se detienen. Camino durante cuatro horas, parándome a descansar y a hacerme esta foto, y sobre las tres de la tarde entro en Pucará.



En Pucará sí hay un modesto alojamiento, y me aseguran que al día siguiente tiene que pasar un camión proveniente de Vallegrande. De modo que paso aquí la noche y, al atardecer del día siguiente, a bordo de un camión en el que lo pasé muy bien, con todos los pasajeros de muy buen humor, y que no paraban de hacerse chanzas entre ellos, llego al fin a La Higuera. El pueblo en el que mataron al Che.



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