"La diferencia entre un turista y un viajero reside en que cuando un turista llega a un sitio sabe exactamente el día que partirá. El viajero, sin embargo, cuando llega a un lugar, no puede saber si acaso se quedará allí el resto de su vida" Paul Bowles.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Cuzco



Quizás porque ya lo conocía con anterioridad, siento que en este blog no estoy siendo justo con un país tan rebosante de historia y cultura como es Perú. En el artículo anterior mencioné algunos yacimientos importantes, pero no he hablado, por ejemplo, de Sillustani. No he hablado de Kuélap. No he hablado de las huacas del Sol y de la Luna, ni de la huaca Esmeralda. No he hablado de Chan Chan, ni de Pachacámac. No he hablado del Señor de Sipán. De Kuntur Huasi. No he hablado del Museo de la Nación o del de los Santuarios Andinos, en Arequipa. Y, sobre todo, salvo una pequeña nota (aquí) a propósito de Machu Picchu, no he hablado del Valle Sagrado, ni de Cuzco.






Cuatro años después, he vuelto, de camino entre la Paz y Lima, a Cuzco. No he entrado en el Coricancha. No he subido a contemplar la fortaleza de Sacsayhuamán. No he visitado Písac, ni el mercado de Chinchero, ni he vuelto a Ollantaytambo. Y, por descontado, no he vuelto a ver Machu Picchu. Pero ha sido un placer pasear de nuevo, en un septiembre casi sin turistas, por estas calles repletas de historia. Sin urgencias, sin planos ni folletos, sin boletos de entrada. Tan sólo dejándome empapar por el magnetismo de la piedra. Estas piedras incas que desde hace siglos dan sustento a las construcciones coloniales son más que un símbolo. Son una fuerza, una esencia, un vigor soterrado. Cuzco ya no tiene forma de puma. Pero por debajo de los barrios residenciales, de los hostels, de las tiendas de souvenirs, de las agencias de viajes, del food and music y el after hours, en Cuzco siguen fluyendo (Arguedas lo sabía) los ríos profundos.



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