"La diferencia entre un turista y un viajero reside en que cuando un turista llega a un sitio sabe exactamente el día que partirá. El viajero, sin embargo, cuando llega a un lugar, no puede saber si acaso se quedará allí el resto de su vida" Paul Bowles.

jueves, 30 de junio de 2011

Esencia rioplatense

Hace tiempo alguien me contó (este chiste sólo lo entenderá la gente de mi tierra) que si pudiéramos exprimir la ciudad de Sevilla como si fuera una naranja, hasta quedarnos sólo con su esencia más pura… lo que quedara sería Jerez de la Frontera. Del mismo modo se podría decir que si exprimiéramos la megalópolis de Buenos Aires hasta que sólo quedara su más genuina y tradicional esencia, al menos aquella que un europeo espera encontrar en el río de la Plata, lo que nos encontraríamos se parecería mucho a Montevideo. Montevideo, donde todo el mundo camina por la calle con su termo, su mate y su bombilla, donde adoran el tango (y el tango de sala, el que baila la gente, me recalca Sandra Míguez, no el tango escénico, destinado al espectáculo, tan habitual en Buenos Aires). Montevideo, donde los carros tirados por caballos de los cartoneros nos recuerdan constantemente  la vecindad de la pampa, donde la tradición gauchesca está viva y presente (no en vano el héroe nacional, José Artigas, fue un gaucho que comandaba un ejército de gauchos). Montevideo, con sus “casas chorizo”, sus milongas, sus boliches de barra de madera. Montevideo con sus gentes tranquilas y campechanas, como los argentinos de provincias. Montevideo con sus librerías de viejo, con sus plazas arboladas, sus anticuarios. Montevideo, con su apacible ritmo de vida, representa para el visitante europeo la esencia de lo rioplatense.

(Montevideo, además, cuenta con el mar. No es el mar, es el río de la Plata, pero aquí su embocadura es ya tan ancha que parece el mar. Una extensísima rambla bordea toda la ciudad, y a lo largo de ella se despliegan infinidad de pequeñas playas, sin duda abarrotadas de bañistas en verano, y ahora, en un soleado día de mayo, poblada por vecinos que pasean a sus perros. Caminando por la rambla, desde Punta Carretas hasta el centro histórico, me acuerdo del Paseo Marítimo de mi ciudad natal. Y mucho más me acuerdo de Cádiz cuando ingreso en las calles de la Ciudad Vieja. Calles angostas flanqueadas de balcones. Calles traspasadas por el sol; calles que comienzan y acaban en el mar, en el río de la Plata. Por eso no me extraño demasiado cuando, en el Museo del Carnaval, cerca del Mercado del Puerto, me entero de que aquí también hay “murgas” -“murgas”, en mi tierra, se llaman en Huelva, y también en las islas Canarias, paso obligado durante siglos entre España y Sudamérica. En Cádiz son “chirigotas”, pero lo mismo da-.  Escucho sus tonadas, con letras satíricas que comentan en clave de humor la actualidad; contemplo sus disfraces y la composición de las agrupaciones -entre trece y diecisiete personas con bombo, platillo y caja, sólo faltan las guitarras-; y le encuentro a todo una gran semejanza con el carnaval de mi ciudad. Al parecer no es en absoluto casual. En 1909 llegó a Montevideo, formando parte de un grupo de zarzuela, una chirigota que se denominó “La gaditana” y que durante varios días estuvo cantando y pasando el platillo por las calles. Tanta repercusión tuvo que en los carnavales del año siguiente surgió una murga llamada “La gaditana que se va” que parodiaba lo ocurrido. Así se inauguró el nuevo género del carnaval en Montevideo. Hasta ese entonces lo único que existía era el “candombe”, que sigue coexistiendo con las murgas, y que son desfiles de origen y ritmos afroamericanos, introducidos por los numerosos esclavos negros que, hasta el siglo  XIX, hubo en el país. Montevideo es Cádiz con más negritos. Cádiz es Montevideo, con más salero. Me quedaré con las ganas de ver actuar a las murgas en los tablados que se montan en todos los barrios de la ciudad, durante los carnavales. A los “tablaos” de Cádiz, y a la Plaza de las Flores, volveré.) 

Buenos Aires, ya, es mucho Buenos Aires. O mejor, Buenos Aires son muchos Buenos Aires. En muchas zonas de Once o Caballito uno creería estar en el barrio de la Victoria de Lima, y sus tristemente famosas “villas miseria” no son distintas de los “pueblos jóvenes” de la capital de Perú. En las calles repletas de lujosas tiendas de moda de Recoleta uno creería estar en Roma o en Milán. Salir por la noche por Palermo es como salir por el Soho londinense, y tumbado en la hierba del parque Tres de Febrero, cerca del lago, podría uno pensar que se encuentra en Saint James's Park. El Microcentro, con su calle Corrientes, se me da un aire a la Gran Vía madrileña. Pero San Telmo… San Telmo, con sus “casas chorizo”, sus milongas, sus boliches de barra de madera. San Telmo con sus gentes tranquilas y campechanas, como los argentinos de provincias. San Telmo con sus librerías de viejo, con sus plazas arboladas, sus anticuarios. San Telmo, con su apacible ritmo de vida… San Telmo sí. San Telmo es como estar en Montevideo.

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