"La diferencia entre un turista y un viajero reside en que cuando un turista llega a un sitio sabe exactamente el día que partirá. El viajero, sin embargo, cuando llega a un lugar, no puede saber si acaso se quedará allí el resto de su vida" Paul Bowles.

lunes, 27 de junio de 2011

Alta Gracia. Vida del Che (1).


La localidad de cincuenta mil habitantes de Alta Gracia, a 36 kilómetros de la ciudad de Córdoba (Argentina) fue en su origen una estancia jesuítica. Aquí, y en otras cinco enormes estancias que hoy son visitables en la zona, los miembros de la Compañía de Jesús, con la ayuda fundamentalmente de esclavos de origen africano, y de unos pocos indígenas que trabajaban la tierras en régimen de encomienda, se dedicaron desde el siglo XVII a la agricultura y a la ganadería con fines comerciales, siendo quizá la cría de mulas con destino a trabajar en las minas de Potosí la más productiva de sus actividades.


Con el dinero obtenido los jesuitas podían financiar sus proyectos educativos y evangelizadores sin necesidad de someterse a la corona española ni a los grandes terratenientes, cosa que todas las demás hermandades hacían mediante la venta de bulas y otras prebendas eclesiásticas. Así, de forma independiente, se pudo poner en pie la hermosa Universidad de Córdoba, de origen jesuítico, y que sigue teniendo un enorme prestigio en el país; y financiar las famosas “misiones”, pronto hablaré de ellas, en territorio guaraní, hasta que éstas fueron también autosuficientes.

Cuando en 1767 los jesuitas fueron expulsados de los territorios españoles, la estancia pasó por diversos dueños, siempre en decadencia, hasta que en 1868, por voluntad de su último dueño, don José Manuel Solares, considerado el patriarca y fundador de Alta Gracia, la tierra pasó a ser propiedad de quien la trabajaba, y Alta Gracia adquirió la categoría de Villa. Desde muy pronto, el clima seco, moderado y apacible de la nueva ciudad, muy beneficioso para las enfermedades pulmonares y respiratorias, atrajo la presencia de nuevos residentes que buscaban aliviarse de la tuberculosis, la enfermedad que tanto se extendió durante la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX, convirtiéndose el turismo de salud en la principal fuente de ingresos de la localidad.


Hoy en día es muy fácil advertir esta historia en la fisonomía de la ciudad, dominada en su centro por la primitiva estancia, que constituye una visita de gran interés, y por el tajamar que los jesuitas construyeron para disponer de agua y hacer mover los molinos, y que en la actualidad es el centro de un agradable parque urbano.


A un lado de la estancia se extiende el casco comercial de la ciudad, coincidente con el asentamiento poblacional originario, mientras que al otro, antiguamente tierras de labor, ha crecido durante los siglos XIX y XX una zona residencial de casas de clase media-alta, de cuando la época de la tuberculosis, que sigue funcionando como ciudad-dormitorio de Córdoba capital.


Mi coterráneo, el músico gaditano Manuel de Falla, habitó durante su exilio argentino, enfermo de tuberculosis, hasta su muerte, una de estas casas, que hoy es un interesante museo. Allí pasé toda una tarde conversando con Noemí, la responsable del museo, gran melómana y ferviente admiradora de la música de Falla, sobre la ciudad de Cádiz, que lógicamente le interesaba mucho, sobre los movimientos artísticos de la primera mitad del siglo XX y hasta, al final, sobre Cristóbal Colón, los conquistadores y la obra jesuítica que tanta influencia ha dejado en la provincia de Córdoba. No fue la única conversación que tuve en el día. Por la mañana había tenido una buena charla sobre fútbol con el chico encargado del albergue en que me alojaba, y por la noche, cuando entré en un bar a tomar un trago antes de acostarme, terminé conversando sobre política con el camarero a puerta cerrada, y tomando dos copas más a cuenta de la casa. “Eso lo hacen porque sos extranjero”, me diría luego en Rosario Sonia Delgado, “entre nosotros no nos mostramos tan simpáticos”. Es posible, claro. Si no, entre otras cosas, los bares no harían negocio. Pero mi experiencia es que el argentino es un pueblo extraordinariamente afable y que, sobre todo en las pequeñas localidades, es muy difícil que el viajero se sienta solo.

A pocas cuadras de la casa de Falla se había mudado en 1930 la familia Guevara, buscando un alivio para el problema de asma que aquejaba a su hijo Ernesto, quien por aquel entonces contaba con dos años de edad. Debido a ello, Ernesto Guevara pasó su niñez y su primera adolescencia en este agradable y plácido lugar, escuchando probablemente a lo lejos las notas del piano de Manuel de Falla; aficionándose al fútbol y a la práctica del deporte en general a pesar de su constante lucha con el asma; y cultivando una afición, la lectura, en ese momento los clásicos de aventuras de Julio Verne y Emilio Salgari, que tendría que acompañarlo, aún en las condiciones más inhóspitas, hasta su muerte. En 2001, cuando el municipio decidió vencer sus escrúpulos ideológicos en pro del desarrollo turístico de la ciudad, la antigua casa de la familia Guevara se convirtió en el Museo del Che.



Según su nana, doña Rosario González de López, de la que se conservan testimonios en el museo, Ernesto era un niño extremadamente inteligente y curioso, componía collages con frases y recortes de periódico, anotaba meticulosamente sus lecturas en un cuaderno, y pronto comenzó a jugar con cierto nivel al ajedrez. Eso no impedía que también fuera muy activo, travieso y rebelde, y de una testarudez que le hacía a menudo tener mal carácter. Pero, por encima de todo, doña Rosario destaca su gran corazón y su desprendimiento: “todo lo que le daban lo compartía. No quería nada para él”.

Esta curiosidad y rebeldía cuajó pronto en un espíritu ácrata y viajero. Con 21 años emprendió en solitario su primer viaje, en una bicicleta a la que había adosado un motorcito, por las provincias del noroeste de Argentina, en lo que fue su primer contacto con la realidad del mundo andino, y donde escribió su primer diario de viaje (costumbre, la escritura, que también le acompañó hasta el final de sus días, haciendo siempre gala en todos sus escritos, ya sean libros, diarios, reportajes, discursos o cartas personales, de una elegante y muy irónica prosa).

Con 23 años, siendo ya estudiante de Medicina en Buenos Aires, emprendió en compañía de su amigo Alberto Granado su primer gran viaje por Latinoamérica en la moto que apodaron “La Poderosa II”. Juntos bajaron hasta Bariloche y realizaron el Cruce de Lagos,  fueron subiendo hasta Santiago, donde la moto dejó definitivamente de funcionar, y viajando en camiones visitaron la mina de Chuquicamata, el lago Titicaca, ya en Perú, y Cuzco y el excepcional yacimiento arqueológico de Machu Picchu, que le impresionó tanto como a todo aquel que lo visite, y que le hizo escribir un artículo, ilustrado con sus propias fotografías (otra afición a la que sería fiel hasta el final), que se publicó en la revista “Siete”.


Desde Pucallpa navegaron hasta Iquitos, donde pasaron un tiempo colaborando (lo que hoy llamaríamos “hacer un voluntariado”) en el leprosario de San Pablo, a la orilla del Amazonas. Después seguirían en balsa por el río hasta la triple frontera, donde tomaron un avión a Bogotá y, un tiempo después, un bus a Caracas. En Caracas Granado, que ya era bioquímico, encontró un empleo y se quedó. Ernesto, tras una escala en Miami en la que trabajó de empleado doméstico y lavaplatos, volvió en avión a Buenos Aires para terminar sus estudios. Había viajado durante nueve meses, cumpliendo un itinerario que hoy figura en cualquier guía de mochileros tipo “Lonely Planet”. Pero Ernesto no se sentía exactamente un mochilero. La visión de la injusta realidad social latinoamericana y sus incesantes lecturas (sobre todo, en esa época, del pensador peruano José Carlos Mariátegui, que replanteaba la función de indígenas y campesinos en los movimientos sociales de Latinoamérica desde una perspectiva marxista) habían operado en él un cambio que todavía no acertaba a definir.

Tras aprobar catorce asignaturas en seis meses, ya como Licenciado en Medicina, emprendió su segundo viaje por Latinoamérica. Su intención confesa era, tal como hoy en día hacen muchos jóvenes estadounidenses o alemanes, vagabundear unos años antes de instalarse como médico. Puede que remotamente perviviera en él su antiguo sueño, el mismo sueño de cualquier joven cultivado de la época. Conocer París…

Pero en Ernesto se había operado ya una transformación que lo impelía a trascender la figura del viajero burgués. En Bolivia asistió a las reformas promovidas por el Movimiento Nacionalista Revolucionario, y conoció el Sindicato de Mineros que lideraba Moisés Guevara. Renunció a ir a Caracas, como tenía previsto, para visitar a su amigo Granado, y en Guayaquil embarcó hacia Panamá. Desde allí, haciendo dedo, recorrería Centroamérica hasta llegar a Guatemala, donde había escuchado que el coronel Jacobo Arbenz, presidente electo de la nación, estaba iniciando una verdadera revolución social. 

En esos días su madre habría de recibir una carta suya, en la que le comunicaba una vaga pero firme decisión. Conociendo la testarudez de su hijo, me inclino a pensar que doña Celia sí intuyó lo que las siguientes líneas podían llegar a significar:

A partir de ahora (cito de memoria) no me limitaré a ver ruinas, museos, paisajes y monumentos, sino, además, porque todo eso siempre me interesará, a involucrarme y mezclarme en las luchas de los pueblos.
 (Continuará)

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