"La diferencia entre un turista y un viajero reside en que cuando un turista llega a un sitio sabe exactamente el día que partirá. El viajero, sin embargo, cuando llega a un lugar, no puede saber si acaso se quedará allí el resto de su vida" Paul Bowles.

miércoles, 2 de febrero de 2011

Muelle de Iquitos

Barro, basuras, madera. Tablas de madera en el suelo para que el barro no llegue a los tobillos. Montones de basura por todos los rincones. Inmensas pilas de troncos de árbol, movidos por grúas. Destartalados comedores en casuchas de madera, con barbacoas que despiden una fétida humareda. Hostales infectos, todos con dos carteles en la puerta: uno que dice “Atención las 24 horas” y otro alertando de las penas en vigor existentes contra el abuso sexual infantil. Gente por todas partes: mujeres vendiendo hamacas, soga, botellas de agua, de coca-cola, de inka-cola, juanes, papel higiénico… desocupados que intentan ganarse unos soles cargando el equipaje de algún pasajero, buscavidas, descuideros, empresarios, marineros, vagabundos, pescadores, familias rodeadas de niños y de bultos, y cargadores. Decenas de cargadores llenando y vaciando a puro lomo y espalda decenas de barcos viejos y medio oxidados. Mis compañeros han volado a Lima y yo estoy solo de nuevo, en el muelle de Iquitos.

Subo al “Henry V”, que me va a llevar a Pucallpa a través del río Ucayali, y me tumbo en mi hamaca. Me he bebido dos cervezas en un tugurio, pero no logro estar de buen humor. Quedan cuatro o cinco horas para que parta el barco, y la cubierta está ya atestada. Estoy cansado. Cansado del hacinamiento, del olor, del ruido (en este barco no hay gallos, pero prefiero escuchar su canto al reggaeton que tienen puesto, a todo volumen, mis vecinos). Niños y adultos beben en vasos de plástico de enormes botellas de coca-cola de 3,3 litros. La coca-cola aquí, como en los propios Estados Unidos, es bastante más barata que el agua. Vasos y botellas terminarán, sin duda, flotando en el río.

Las vendedoras sortean las hamacas voceando su mercancía. La gente ha dispuesto sus cajas y equipajes más grandes debajo de sus hamacas, bien amarradas a los postes metálicos, y permanecen abrazados a sus efectos personales de más valor. Dormirán todas las noches abrazados a sus bolsos y sus cajas, para que no se los roben. En este barco hay camarotes, y yo me he gastado el dinero en tener uno solamente para poder guardar mis cosas, porque sospecho que las cucarachas y el calor me impedirán dormir en él. Aunque ya no tenga portátil ni cámara, demasiado sé que hasta las chanclas de plástico que dejo a los pies de mi hamaca me pueden faltar al día siguiente (en la travesía por el río Napo, a pesar de que nos cedieron una pequeña cabina para guardar las mochilas, desaparecieron los zapatos de Alex y la linterna de René. Una linterna que puede costar veinte o treinta soles. Unos zapatos talla 45 que ningún peruano se podrá poner. Todos los que viajaban en ese barco habían pagado cien soles por su pasaje, y ninguno se privaba de cerveza, tabaco, pasteles o coca-cola según los gustos. No son menesterosos. Empiezo a pensar que lo que hay en estos países es una enfermedad moral que abarca desde las clases más bajas a las más altas, si no son estas últimas las que la contagian).

Me bajo de la hamaca, y dos muchachas ríen azoradas porque piensan que me dirijo hacia ellas. Estoy cansado, también, de ser el centro de atención. Salgo a la popa y me asomo a la borda. El agua a mi alrededor está negra de petróleo, y presenta grandes manchas brillantes que seguramente son de aceite. Por todos lados flotan bolsas, botellas y hasta una silla rota de plástico. Levanto la vista del agua. Miro al frente y me encuentro, a lo lejos, con la línea de selva. Entonces recuerdo dónde estoy. Estoy donde Orellana. Donde Ursúa. Donde Pedro de Texeira. En esto ha quedado, el río Amazonas.

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