"La diferencia entre un turista y un viajero reside en que cuando un turista llega a un sitio sabe exactamente el día que partirá. El viajero, sin embargo, cuando llega a un lugar, no puede saber si acaso se quedará allí el resto de su vida" Paul Bowles.

jueves, 13 de enero de 2011

Rumbo a la frontera (Yasuní-ITT)

El muelle de Coca no es muy grande ni está muy transitado. Aparte de canoas privadas y algunas lanchas de agencias que llevan a los turistas a albergues en la selva, de aquí sólo parte una lancha pública, que desciende durante ocho horas el río Napo hasta llegar a Nuevo Rocafuerte, pequeña población donde se ubica el puesto fronterizo de Ecuador con Perú. Es por eso que en la mañana del domingo cinco de diciembre, entre una densa niebla que aún invade el ambiente, sólo dos o tres vendedores de comida y gaseosas contemplan con resignada somnolencia a la cincuentena de pasajeros que nos disponemos a embarcar en esa dirección. Salvo yo y una pareja de franceses que pronto serán mis amigos, da la impresión de que todo el mundo se conoce, y los que no se conocen en seguida empiezan a intimar.

-Yo tengo cincuenta y tantos nietos. Biznietos… De todo tengo.

-Lo mejor son los nietos. Los biznietos… pertenecen a otro rango.

-Sí. Pero son de la generación.

-Sí, claro, son de la generación.

Cada persona que se instala en la lancha intercambia amables saludos con todos los pasajeros. Inician perezosas conversaciones con voz dulce y pausada. Se ofrecen galletas, se prestan el periódico… Los hombres llevan pesadas cajas y herramientas de labor, las mujeres jóvenes, la mayoría con algún niño, llevan libros de texto de secundaria y aprovecharán el viaje para hacer tareas de Lengua o Matemáticas. Sin duda vienen de la escuela semipresencial de adultos, donde estudian para sacarse el graduado. Las abuelas portan adornos de Navidad. Observo que todos los varones, hombres y niños, llevan el cabello perfectamente recortado. Caigo entonces en la cuenta de que yo mismo fui a la peluquería el día anterior, en previsión de que no volviera a encontrar una en bastante tiempo. Me hace gracia imaginarnos. La lancha de los pelados.

Hace tiempo que hemos zarpado y no cesa la animación. La gente se cambia de asiento para comentar algo a algún vecino, los niños, los periódicos y las golosinas pasan de mano en mano. Todo el mundo es apacible y sonriente. Más que un puñado de vecinos que, tras efectuar alguna gestión en la ciudad, se disponen a soportar ocho horas de viaje para regresar a sus casas, se diría una excursión de viejos amigos. Qué fácil parece, a veces, vivir.

Navegamos entre una inmensidad de espuma de un color de serrín sucio que me intriga. Le pregunto a mi compañero de asiento y me dice, sin darle mayor importancia, que no sabe qué es. Al tiempo llego a la conclusión de que es producto de la fermentación de los troncos de árboles que arrastra el río en su crecida. Por momentos se diría que navegamos entre bloques de hielo sucio, en la Antártida, si no fuera por el verde saturado que brilla en ambas costas. Por lo demás nadie, salvo yo, mira el paisaje. A la izquierda, selva, interrumpida a menudo por chacras de plátanos, haciendas de vacas, chozas aisladas de campesinos, y minúsculas comunidades. A la derecha, selva. Selva virgen. Es el Parque Nacional Yasuní.

Hace tiempo que quería tener una oportunidad para hablar del Parque Nacional Yasuní, 982.000 hectáreas de selva que albergan la mayor biodiversidad de todo el planeta. Baste decir que en una hectárea del Yasuní se encuentran más especies animales distintas que las que puede haber en toda Europa. Tanta es la biodiversidad en este Parque que en él se protege también la pervivencia de dos grupos humanos. Al sur, en la llamada “zona intangible” los Tagaeri y los Toromenane perviven en aislamiento voluntario, dedicados como desde hace siglos a la caza y la recolección, y sin el menor contacto con el mundo exterior. Al menos en teoría. Los Huaorani, que viven también dentro del parque, sí están contactados, y es un secreto a voces que a menudo realizan sangrientas incursiones en la zona intangible para ahuyentar a Tagaeri y Toromenane y abrir camino a las empresas clandestinas de tala de madera, que los recompensan con dinero, armas y alcohol. Guerras tribales, dicen que son.

Pero la verdadera amenaza del Parque Yasuní es, como siempre, el petróleo. El subsuelo de este parque es riquísimo en crudo, y para cualquier gobierno supondría una importante fuente de ingresos explotar aunque fuera una parte de él. Desde 2007, sin embargo, el gobierno de Rafael Correa ha asumido como propia una original iniciativa que surgió de los movimientos civiles y que podría marcar una nueva etapa en la lucha de los pueblos por la defensa y conservación de su patrimonio natural. Mediante la propuesta Yasuní-ITT el gobierno se compromete a dejar el petroleo de Yasuní debajo de la tierra a cambio de que la comunidad internacional le indemnice al menos con el 50% de las utilidades que podría obtener de su explotación, lo que asciende a 350 millones de dólares anuales. Este dinero sería administrado por un fideicomiso del PNUD (Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo) y se dedicaría a la conservación de 19 áreas protegidas ecuatorianas, un programa de reforestación y un cambio de matriz energética que implementaría el uso de las energías renovables en el país. Aunque varios países, entre ellos España, han apoyado de boquilla esta iniciativa, hasta el momento sólo Chile ha aportado 100.000 dólares para la causa, así como diversas personas o entidades particulares. El presidente Correa ya ha advertido de que si en diciembre de 2011 no se ha recaudado el dinero previsto dará comienzo a la explotación de una parte del Yasuní. (Más información sobre Yasuní-ITT aquí)

Excepto en la zona intangible, es posible penetrar en el Yasuní, e incluso visitar a los Huaorani, pero son necesarios como mínimo ocho o nueve días de expedición, y sólo el guía cobraría 150 dólares al día, por lo que pensé que la aventura excedía mi presupuesto. Un mes después, mientras escribo estas líneas en el oasis de Huacachina, en Perú, no sé todavía si me arrepiento.

Hace horas que el calor y la monotonía del paisaje apagaron las últimas conversaciones. Ahora que el sol dora las enrevesadas copas de los árboles del Yasuní, ahora que se escuchan los pájaros y se los intuye entre la maleza, se hace presente también entre los pasajeros una inexpresable agitación. Miro al frente. Cuatro o cinco casas, a lo lejos. Llegamos a Nuevo Rocafuerte.

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