"La diferencia entre un turista y un viajero reside en que cuando un turista llega a un sitio sabe exactamente el día que partirá. El viajero, sin embargo, cuando llega a un lugar, no puede saber si acaso se quedará allí el resto de su vida" Paul Bowles.

viernes, 28 de enero de 2011

A bordo del "San Martín" (1)

Fotos: René Roesler y Alex Dubufett



 El “San Martín”, aunque muy desvencijado, tiene la misma disposición que todos los barcos de carga y pasajeros que surcan los ríos de la cuenca amazónica. El piso inferior es para la carga, normalmente de plátanos y ganado (vacas, toros, gallinas y cerdos). En el piso intermedio y en el superior viaja la gente, tumbada en sus hamacas. En el piso intermedio está la cocina, dos habitáculos con un retrete y una ducha y, al lado, un lavabo y un espejo. Hay también una pequeña bodega donde se vende cerveza, botellas de agua y chucherías. Cada pasajero debe llevar consigo una cuchara y un recipiente de plástico,donde se le vierte la comida tres veces al día. Tuvimos la suerte de que, al segundo día de viaje, murió una vaca asfixiada o pateada por sus compañeras.  En un par de horas la descuartizaron, y desde ese momento tuvimos en cada rancho buenos trozos de carne, junto a los frijoles, el plátano y el arroz.



Siendo el “San Martín” el único barco que bajaba el río Napo en todo el mes de diciembre, y con la inminencia de las fiestas, ya imaginábamos que íbamos a estar apretados. De Pantoja salimos apenas ocho o nueve personas pero, al segundo día, ya parecía que en el barco no cabía nadie más (paulatinamente fuimos comprobando, sin embargo, que siempre cabe alguien más). Las hamacas iban tan juntas que no podían mecerse, y dormíamos literalmente encajonados. Como a mi derecha dormían en la misma hamaca una señora con sus dos hijos, y a mi izquierda un matrimonio, siempre había un codo o una rodilla clavados en alguna parte de mi cuerpo. Había hamacas superpuestas a distinta altura del suelo, y otras colocadas sobre las barras del puente, entre la borda y el agua. Debajo de mi hamaca se acomodó en el suelo, sobre una estera, una delgadísima anciana indígena con piernas de adolescente. Dedicaba el día a tejer, ausente de todo, y yo tenía que andar con mucho cuidado al subir y bajar de mi hamaca para no pisarla. El resto del piso estaba cubierto de cajas, maletas, pavos, gallinas y gallos que no dejaban de cantar en ningún momento del día o de la noche. No exagero si digo que más de una vez tuve que gatear por debajo de las hamacas y entre las cajas para poder llegar a la escalera que me llevaba al piso inferior. Hasta que se acabó la cerveza, siempre hubo algún borracho dispuesto a animar las madrugadas. Una noche uno estuvo a punto de vomitar encima de mí, pero en el último momento logró llegar, trastabillando, a la borda. Otra noche otro se acostó por error en mi hamaca, encima de mí, y tuve que zarandearlo un buen rato hasta que se despertó y se fue a buscar la suya.





Se avanza muy despacio, parando constantemente para recoger más animales, carga o pasajeros. Por el Napo no hay apenas comunidades. Los campesinos viven en chozas aisladas y, desde la orilla, ondean un trapo para avisar al timonel de que se acerque. En el barco viaja un empresario de oronda barriga y gorra de beisbol que se baja y negocia con los campesinos el precio de sus plátanos y su ganado, que luego él venderá en Iquitos. En las embocaduras de los afluentes los campesinos esperan (imagino que durante días, porque nadie puede saber cuándo pasará el barco por allí), en sus canoas repletas de plátanos. En una ocasión Alex y yo pudimos ver cuánto pagaba por sus plátanos el empresario al dueño de una de estas canoas. Treinta soles. Poco más de diez dólares.

Foto: Eduardo Civila



El mayor espectáculo es cuando hay que cargar búfalos. La tarea lleva mucho tiempo y cuidado. Hay que enlazar desde lejos al animal y lograr tumbarlo para atarle las patas y subirlo después a rastras a bordo. Cuando el búfalo se desmanda, la gente se tira al agua, y muchas veces el búfalo también termina en remojo. 




De noche no se interrumpe esta rutina, sólo que ahora los campesinos avisan de su posición haciendo señales con la linterna. René y yo acostumbrábamos a pasar horas en la proa, con una cerveza mientras hubo, disfrutando del frescor de la noche, y jugando a descubrir los puntitos de luz en las orillas. “Allí hay otro”. “Mira, otro”. “Al fondo hay otro más”… 

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