"La diferencia entre un turista y un viajero reside en que cuando un turista llega a un sitio sabe exactamente el día que partirá. El viajero, sin embargo, cuando llega a un lugar, no puede saber si acaso se quedará allí el resto de su vida" Paul Bowles.

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lunes, 20 de febrero de 2012

Manuel (el PBC).


El buscavidas de mi calle en Iquitos se llama Manuel. Extremadamente delgado, su piel está tan morena y curtida como la de cualquier mestizo, aunque presenta un ligero tono encarnado (más tarde me enteré de que le llaman “El colorao”) y son, sobre todo, su nariz aguileña y su frondosa barba castaña las que desvelan su origen criollo. Con tal de ponerle un casco de época y una espada en la mano, Manuel daría bien en cualquier película de conquistadores. Manuel nació en Lima, vino a Iquitos de niño con su madre, pero cuando quedó huérfano, a los quince años, se lanzó a los ríos. Aprendió a caminar por la selva en las comunidades indígenas del Ucayali, trabajó en los yacimientos petrolíferos del Alto Huallaga y en las plantaciones tomateras de Manaos, donde se compró una casa gracias a la indemnización que cobró por un accidente de avioneta del que sin embargo salió ileso. Ahora tiene 37 años y hace varios que está de vuelta en Iquitos. Con las rentas de su casa alquilada de Manaos puede darles alguna asignación a los dos hijos que tiene repartidos por el mundo, e ir, dice, ahorrando para la vejez. Manuel parece que no duerme. Está día y noche dando vueltas por la calle. Igual está ayudando a descargar un camión que cambiando la rueda de un motocarro o lavando las cristaleras de un negocio. Todo el mundo lo conoce, y todo el mundo lo saluda. Manuel, al contrario que la mayoría de los iquiteños, que son personas más bien de pocas palabras, es un excelente conversador al que se le nota que ha tenido una buena educación, y que sabe ganarse la confianza de los turistas en español, en portugués o en inglés. Con él pasé muchos ratos charlando, sentados en la acera o tomando una cerveza en el Bulevar.

Manuel me cuenta que el año pasado estuvo dos meses guiando por la selva del río Napo a tres japoneses.  Eran expertos en supervivencia en la selva, venían de la amazonía brasileña y decían que el lado peruano les gustaba mucho más, porque se conservaba más virgen. Llevaban, al parecer, un equipo impresionante. Prismáticos con visión nocturna. Un laser para defensa personal, que también les servía para encender las fogatas. Brújulas y GPS para orientarse. Pequeñas cámaras digitales con objetivos intercambiables. "Llevaban de todo, pero todo en miniatura", continúa narrando, con cierta admiración en la voz, Manuel. Por las noches, para protegerse del tigre y de las manadas de chanchos, dormían en lo alto de los árboles, encapsulados en las hamacas con mosquitera. Protegían el antiofídico, que tiene que conservarse en frío, cada cinco o seis días con spray congelante, pero por suerte ninguno de los cuatro tuvo que usarlo. Cuando pasaban por alguna comunidad mentían en su itinerario por si a alguien se le ocurría intentar asaltarlos en medio de la selva. En los últimos días, cuando ya iban a dar la vuelta para no toparse con las tribus indígenas que viven en aislamiento voluntario en el Yasuní, fotografiaron desde bastante cerca a un jaguar. En otra ocasión Manuel colaboró en abrir una senda por el río Putumayo para unos colombianos que resultaron ser narcotraficantes. Muchas historias me contó Manuel.

Una mañana Manuel me habla de su afición a la cocaína. Iquitos es zona de paso para la cocaína que procede del Alto Huallaga en dirección a Colombia, y a los traficantes no les interesa que esta ciudad se destaque como punto de venta, de modo que no es demasiado fácil obtenerla para alguien que no sea conocedor, y Manuel se beneficia de ello. Normalmente acude a Belén Bajo a comprar material para algunos clientes, bien sean turistas o locales, y se queda con una parte de comisión. Pero lo que realmente está matando a Manuel, me temo, es el PBC.

El PBC, pasta básica de cocaína (también llamada simplemente “pasta base” o, según los sitios, “bazuco”, “paco”, “oxi”, “lata”, “churri” o “tumba”) es, me informo después, un producto intermedio en el proceso de conversión de la hoja de coca a clorhidrato de cocaína (la forma en polvo tan tristemente popular en todo el mundo). Sólida, en forma de pequeñas “rocas”, el PBC se volatiliza con el calor, por lo que la manera de consumirla es fumarla en pipas caseras o en cigarrillos, en cuyo caso se mezcla con tabaco o con marihuana. A veces la falta de precursores químicos para culminar el proceso (en el proceso de refinamiento de la cocaína se utilizan, entre otros productos, gasolina, amoníaco y acido sulfúrico) hace que los traficantes comercialicen directamente la pasta base, pero en la mayoría de los casos el PBC que se consume son los restos que quedan después de la conversión (por este motivo se le llama también “fondo de olla”). En este último caso el PBC se considera científicamente un desecho químico, y es altamente tóxico. En todo caso, el poder psicoactivo del PBC es diez veces mayor que el de la cocaína, tan fuerte que el consumidor queda prácticamente chafado contra el suelo, envuelto en una placentera sensación de plenitud. Sus efectos sólo duran, sin embargo, entre diez y veinte minutos, y la disforia o “bajona” que sobreviene después es también diez veces mayor que la de la cocaína convencional, con lo que la capacidad adictiva del PBC es enorme. El uso continuado de PBC provoca a menudo brotes paranoides y delirios de persecución, de modo que un consumidor habitual de esta sustancia (no es todavía, desde luego, el caso de Manuel) se convierte fácilmente en un sujeto asocial, incontrolado y altamente agresivo. El clorhidrato de cocaína, como sabemos, se distribuye por el mundo entero. Sus residuos, el PBC, quedan en el Amazonas.

Al contrario que la mayoría de buscavidas que se le suelen acercar a los viajeros solitarios, Manuel nunca me había ofrecido drogas, ni me había hablado de ninguna “amiga” que tuviera, ni me había pedido nada, y todo ello había hecho que yo llegara a tener cierta confianza en él. Ahora sí me habla de los establecimientos de Belén Bajo donde se consume PBC, y que también, debido a la abrupta excitación sexual que a veces provoca esta sustancia, funcionan a menudo como casas de citas. Me cuenta que hace algún tiempo guió por estos locales a un miembro de una ONG de Lima, y que, tras una serie de peripecias, lograron sacar a un par de muchachas menores de edad, casi unas niñas, y llevarlas a una casa de acogida en la capital. “A usted, que es escritor, le puede interesar conocer estos lugares. Yo le puedo llevar alguna noche. No podríamos estar más de veinte minutos en cada local. Yo consumiría PBC, y usted haría como si lo hiciera. Es mejor no hablar ni mirar a nadie, ni mostrar la menor curiosidad. Después usted tendría que darme algún dinero porque los dueños de los locales sospecharían que usted me habría dado alguna propina por llevarle, y me iban a pedir su parte”. Aunque la capacidad fabulística de Manuel hace que la excursión adquiera tintes de aventura, me parece demasiado morboso empeñarme en ver con mis propios ojos una situación tan sórdida, y sobre la que en nada podría incidir (salvo, quizás, contándolo, que es lo que, al fin y al cabo, estoy haciendo). Demasiado obsceno que Manuel y quien fuera se lucraran a cambio de mostrarme semejante espectáculo. Y, por si estos dos motivos no fueran suficientes, que lo son de sobra, el profundo corte en el pómulo que anoche le hicieron con una nudillera de hierro en Belén Bajo, y que es por donde se ha iniciado la conversación, me hace pensar que Manuel no está en condiciones de garantizar mi seguridad. Otra cosa es lo que, días antes, me había comentado sobre la ayahuasca. Eso sí lo haré.

Esta noche, Manuel volverá a Belén Bajo. Tiene que buscar a la persona que le dio el golpe, y devolvérselo. “La calle es así”, me dice con una media sonrisa, y su tono cordial de siempre, “uno tiene que darse a valer. Si, después de esto, no voy esta noche a Belén Bajo, ya nunca podré volver”.



viernes, 2 de diciembre de 2011

Irma en el río



En la lancha que nos lleva a Iquitos (en la Amazonía, a los barcos de carga con uno o dos puentes para que los pasajeros cuelguen sus hamacas les llaman lanchas) encuentro un buen puñado de extranjeros, más de los que esperaría en esta época del año. Magdalena es de Cádiz como yo, profesora de instituto, como yo, y ha pedido una excedencia para viajar, igual que yo. Compartimos con ilusión experiencias, rutas, destinos y, por supuesto, recuerdos de nuestra tierra. Mateo, el joven francés con el que estuve en Pacaya-Samiria, juega a las cartas sentado en el suelo con una pareja de compatriotas. Cinco o seis estadounidenses de mediana edad, que son los únicos que han contratado algunos de los pocos camarotes que tiene la lancha, pasan el día ensimismados en sus macbooks. Un italiano con aspecto de windsurfero intenta convencernos a Alex y a mí de que nos unamos en Iquitos a una sesión de ingesta de ayahuasca, con un “auténtico chamán” que conoció en una ocasión anterior. Me interesa más hablar con Irma.

Irma, mi vecina de hamaca, tiene cuarenta y cinco años y es natural de Iquitos, donde siempre ha vivido. Su rostro, de pómulos marcados, ojos rasgados y boca carnosa, sigue siendo bello, aunque sin duda tuvo que ser arrebatador, y sus movimientos desprenden todavía cierta sensualidad, a pesar de su generoso sobrepeso. Irma tiene esa necesidad de comunicación propia de las personas que pasan mucho tiempo con niños, y poco a poco termina por narrarme de cabo a rabo toda su vida. A los dieciséis ya era una mujer casada, pero su marido no le salió bueno. Le pegaba, la engañaba (hasta tres veces llegó a descubrirlo con otras mujeres en su propia cama), bebía y se gastaba en fiestas el dinero que obtenía comerciando con madera. Irma crió a sus cuatro hijos mayores, dos varones y dos hembras, en las lanchas del Amazonas, vendiendo en las pequeñas comunidades la ropa que compraba en la calle Gamarra de Lima. Fue sin duda una época dura, pero ella dice que la echa de menos. Más tarde, para que los hijos pudieran estudiar, montó una tienda de abarrotes en su casa de Iquitos. Su marido, al fin, la abandonó hace tres años. Se fue a vivir con una chica de dieciséis, que pronto lo dejó también por un chico más joven. Ahora vive amancebado con otra niña de dieciséis. “Me dan pena esas chiquillas” me dice Irma “son pobres, y sus propias madres las arrastran a irse con algún hombre mayor que las pueda mantener”. Su marido, al parecer, no está tampoco muy contento con su nueva novia. Dice que sólo piensa en irse de fiesta, que se pasa el día escuchando reaggeton, y que no atiende a las labores de la casa. Quiere volver, pero Irma tiene muy claro que, ahora que se ha librado de él, no piensa aceptar que vuelva.

Irma vive ahora de lo que le dan sus hijos. Los dos varones tienen buenos trabajos, y las chicas han hecho muy buenos matrimonios. Todavía tiene a su cargo a sus dos hijos menores, de doce y de seis años, y a un nieto de cinco. Es producto del efímero noviazgo que su hija mayor, Evelyn, tuvo con un músico colombiano, y ahora que Evelyn se ha ido a vivir a Suiza con su actual marido, un médico de esa nacionalidad que conoció en la discoteca Noa, el chiquillo se ha quedado con la abuela. A Irma Evelyn y su marido le mandan fotos de las visitas turísticas que hacen, y ella queda fascinada. “¿Tú sabes dónde está Cuba? Hay unas playas maravillosas, allá” “También he visto una ciudad que tiene las calles inundadas de agua, Como Belén en invierno, pero con unos edificios y unos puentes preciosos, ¿tú sabes cuál es?”

Irma viene de pasar un mes con su otra hija, que se ha casado con un ingeniero italiano que también conoció en el Noa, y que vive de momento en un yacimiento petrolífero en el Alto Huallaga, donde su marido está destinado. El Alto Huallaga, por otra parte, es una zona famosa por su alto nivel de narcotráfico, la actividad  a la que se dedican ahora los pocos militantes que quedan del grupo terrorista “Sendero Luminoso”. Irma ha visto los paquetes de coca expuestos en los mostradores de las tiendas como si fueran queso fresco (es lo que ella, al principio, pensó que eran) y ha visto dos cadáveres flotando en el río a su paso en el autobús. En los pueblos del Alto Huallaga, le dijeron, y yo lo sé, la vida no vale nada.

Sólo al final, Irma me expone su verdadera preocupación. Su hija menor ha sido madre, hace veinte días, pero no quiere a su hijo. Fue intervenida prematuramente, con cesárea, porque no aguantaba más la gravidez, y ahora no quiere coger al niño, ni mucho menos darle de mamar, porque dice que le va a estropear la figura. Su marido le consiente todo, y le han propuesto a Irma que se lleve al niño también para Iquitos. “Pero yo no puedo con un niño de 20 días. En fin… ya se acostumbrará a ser madre”.

Por lo demás, todo me resulta familiar. Las largas horas tumbado en la hamaca, leyendo o conversando. La cola, con un cuenco de plástico y un tenedor en la mano, para recibir la comida. El sopor del mediodía. La ducha a las cuatro de la tarde con agua del río, tibia, que te desprende del pegajoso sudor, aunque también haya que hacer cola. Y después, el milagro. El prodigio cotidiano. El sol que dora las copas de los árboles. Las comunidades de chozas de madera y techos de palma bañadas por una luz de oro. Las canoas llenas de pescado. Los hombres que acarrean sacos o enormes racimos de plátanos, bañados por una luz de oro. Las adolescentes, de piernas morenas y torneadas, de larga melena negra, con bandejas de juanes (o de piña, o de pescado ahumado) sobre sus rectas cabezas, y bañadas por una luz de oro. Y siempre, flotando en la luz, ese colorido, fluyente, cambiante, omnipresente revuelo de niños. Han improvisado una portería frente al acantilado, y a cada gol sigue un chapuzón para recuperar el balón, y un niño moreno y ágil que sube luego los escalones de barro como un gato, su cuerpo brillante bañado en una luz de oro. No cabe imaginar una infancia más feliz.


lunes, 17 de octubre de 2011

Guido, y los niños de la clefa.



Cuando tenía quince o dieciséis años, a Guido le gustaba mucho la música rock. También le gustaba el alcohol, la marihuana y la cocaína. Estaba a punto de dejar los estudios y la relación con sus padres, y yo apostaría a que con todas las personas, era distante. “Yo era muy frío. Me consideraba una persona muy fría”, me dice. Entonces llegó su hermanita. Llegó ya con año y medio porque, aunque Guido la llama así, en realidad es su sobrina. La madre, la hermana mayor de Guido, la abandonó, simplemente desapareció, y la pequeña pasó a vivir en la casa familiar. Eso fue en 2001, y en 2001 fue cuando Guido, él me lo cuenta y también lo ha escrito en su libro, sintió la llamada del cariño y de la responsabilidad. Se dio cuenta de lo importante que sería para su hermanita el ejemplo que él le pudiera, en un futuro, suponer. Abandonó, no sé si por completo ni me importa, las drogas, y mientras trabajaba en una imprenta, se sacó el título de Técnico Superior en Trabajo Social. Su primer trabajo fue en el Chapare, impartiendo talleres a los trabajadores de una empresa que se dedica a la exportación de frutas. Según me cuenta, Guido se quedó impresionado al ver la explotación a la que sometían a estos hombres. Mientras practicaba con ellos dinámicas conducentes a fortalecer los buenos hábitos alimentarios o de salud, pensaba en las cosas que realmente deberían saber, y que alguien les debería enseñar. Se sentía cómplice, y renunció. De nuevo en Cochabamba, ingresó en la Universidad de San Simón para obtener la licenciatura en Trabajo Social, y comenzó a colaborar como voluntario en la Fundación “Estrellas en la calle”, que pronto le haría un contrato. Allí ("al principio me daban miedo") conoció a los niños de la clefa.



Las tres fotos: Guido R. Huanacu.

Yo los he visto. Te apuntan con la mirada vacía desde el césped de los parques. Deambulan cerca de los puestos callejeros y te piden algo de comer con expresión ausente. Rebuscan en las papeleras y en los tachos de basura. Los niños y adolescentes de la clefa son los niños sin hogar, y la clefa es el pegamento, la cola de pegar madera, que inhalan. Un p’uti (“pequeño” en quechua), esto es, un botecito de plástico lleno de pegamento, cuesta catorce bolivianos. Un euro y medio. Puede durar, dependiendo del consumo, de un día a una semana. En Cochabamba tres proveedores se reparten las zonas de venta. Compran la cola de pegar al por mayor, la mezclan con gasolina, y se la venden a los chiquillos en los parques. Los niños de la clefa comenzaron a verse en Cochabamba a principios de los 80, una de las consecuencias de la emigración de los cerros a la ciudad, y desde entonces su número no ha dejado de crecer. Por los datos que me da Guido, calculo que en la actualidad habrá en la ciudad un niño sin hogar por cada 700 habitantes. Entre los ocho y los doce años comienzan a llegar a la calle. La mayoría huyen de sus hogares por problemas de violencia doméstica o desestructuración, son huérfanos o han sido abandonados. Otros proceden del trabajo infantil: comienzan a recorrer las calles, por mandato de sus padres, vendiendo caramelos o pañuelitos de papel, y terminan por no volver más a sus casas. Guido trabajó tres años con los niños de la clefa. Y no quedó muy satisfecho.


Según Guido, la labor que llevan a cabo las ONGs con estos niños, sobre todo las religiosas, es meramente asistencial. Les proporcionan comida, medicinas y mantas, y su principal objetivo es conseguir que ingresen en un Hogar de los que administran. Pero estos hogares son de régimen abierto y, en muchos casos, exclusivamente nocturnos, por lo que los niños no abandonan su adicción a la clefa, disponen de todo el día para vagabundear por las calles, y tarde o temprano no se molestan en volver. Yendo y viniendo, en palabras de Guido, “estos niños se han convertido en una fuente de ingresos para las ONGs”. Rehabilitarlos de su adicción es para Guido fundamental, porque la inhalación de clefa provoca atrofia y parálisis progresiva, y la esperanza de vida de un adicto a la clefa no pasa de los quince años de consumo. Para algunos, el ser internados en un Centro de Menores Infractores, o directamente en la cárcel si son mayores de edad, es una salvación. “La realidad hay que mirarla con ambos ojos", me dice Guido, "no se puede cerrar un ojo a la realidad”. Para ello, para mirar de frente a la realidad, Guido ha escrito un libro, y lo ha autoeditado con su propio dinero, y algunas donaciones voluntarias.


Niño-niña. Azares y vivencias de calle es un libro muy bien estructurado que no sólo aporta datos y propone un modelo razonado de intervención sino que, también, relata con mucha cercanía varias historias concretas de niños y niñas de la calle con los que Guido trabajó, y en el que el autor nos habla mucho de sí mismo, y de las circunstancias que le motivaron a escribir su obra. Es un libro escrito con rigor y sensibilidad, cuya lectura resulta fácil, esclarecedora y emotiva. Para Guido la rehabilitación de un niño de la clefa sólo tiene posibilidades de éxito cuando éste presenta lo que él denomina una “demanda de cambio”, que puede presentarse en dos fases: la “demanda latente”, cuando el niño comienza a presentar síntomas de insatisfacción (el consumo de clefa provoca una sensación placentera que hace que, sobre todo en los primeros años de permanencia en la calle, el niño no tenga deseos de cambiar), y la “demanda estructurada”, cuando el niño, ya adolescente por lo general, comienza a plantearse un posible proyecto alternativo de vida. La labor del trabajador social sería estar atento a estas demandas para atenderlas y encauzarlas. El siguiente paso sería el ingreso del niño o la niña en un centro cerrado de desintoxicación. Sólo cuando su adicción estuviera superada, podría pasar a un centro abierto, una casa tutelada o, cuando las circunstancias lo permitieran, volver al hogar familiar, y desde allí facilitar su inserción en la sociedad apoyándole en el proyecto de vida que se hubiera marcado. La excesiva labor asistencial, por muy bienintencionada que ésta sea, sólo contribuye a retrasar la aparición de esta necesidad de cambio.  Para querer cambiar, el niño necesita sentirse incómodo en la calle, y en este sentido Guido ha comprobado que un moderado acoso policial hace que aumente la necesidad de cambio. También, y las páginas que dedica a estos aspectos en su libro son conmovedoras, el amor, la formación de parejas estables y, en el caso de las mujeres, la maternidad, son factores que provocan fuertemente la necesidad y la demanda de cambio. Es la llamada del cariño y la responsabilidad.

Por supuesto, Guido también dedica un capítulo a la labor de prevención con familias en situación de riesgo. Yo añadiría, como factor de prevención, el desarrollo integral en las comunidades rurales, única forma de frenar la emigración incontrolada, fuente de marginalidad, a las ciudades.

No parece que los centros cerrados estén de momento en la agenda de las organizaciones públicas o privadas que trabajan con los niños de la clefa. Y me temo que las discrepancias sobre las estrategias a seguir con estos niños no fueron ajenas a que Guido Huanacu estuviera durante un tiempo desempleado. En la actualidad, sin embargo, y mientras termina su licenciatura, Guido tiene dos trabajos, uno en una imprenta como diseñador gráfico, y otro en una ONG que se dedica a la prevención de la drogadicción y el pandillismo juvenil. Tiene, además, una teoría fundamentada sobre el trabajo social con los niños de la clefa,  y ha sabido reproducirla de forma convincente en una publicación. Tiene una novia a la que, según expresa en su libro, debe querer mucho (eso es más importante que el hecho de que te quieran); y tiene una hermanita que, calculo, habrá cumplido ya los doce años. Caigo ahora en la cuenta de que no le he preguntado a Guido cómo está, su hermanita. Qué tal le va en el colegio y eso. Pero estoy seguro de que ya conozco la respuesta.


sábado, 2 de julio de 2011

Carla y Dayana



¡Cachai que fue bacanísimo conocer a Carla y a Dayana! Estuvimos carreteando a dedo una semana por Argentina y Paraguay, vimos las misiones jesuíticas y las cataratas de Iguazú, que son filete, filete. Nos reímos caleta y, bueno, ¡que lo pasamos piola, po!




Carla y Dayana, Dayana y Carla, manejan un delicioso argot chileno-juvenil que he intentado, seguramente sin éxito, reproducir en el párrafo anterior. Lucen en todo momento una radiante y acogedora sonrisa, y dos pequeñas lucecitas brillan siempre en el fondo de sus ojos. Les encanta hacerse fotos, y posan con gracia ante la cámara. Carla y Dayana saben convertir cada situación en una fiesta de lo cotidiano; desbordan ilusión, alegría de vivir, y desde que se levantan hasta que se acuestan impregnan de vitalidad y buen humor todo lo que les rodea.




Conocí a Carla y a Dayana en el hostel “El jesuita”, en San Ignacio, un lindo pueblito, rodeado de selva, de la provincia de Misiones, en Argentina. Aquí se encuentran la misión jesuítica mejor conservada de la zona (dedicaré a las misiones el próximo artículo) y también la casa de ese genio tormentoso que fue Horacio Quiroga. No es casualidad que ambas cosas están en el mismo pueblo: Quiroga, que también era fotógrafo, fue la primera persona que fotografió estas ruinas, en una expedición científica que realizó con su mentor, el profesor y poeta Leopoldo Lugones. Le impresionó tanto la selva misionera que se construyó esta casa y se quedó a vivir aquí, volviendo locos con sus excentricidades a las dos mujeres casi adolescentes que tuvo, a sus tres hijos, y a todo el pueblo de San Ignacio, mientras componía esos afiebrados cuentos de la selva, de amor, de locura y de muerte, que siguen hechizando a todo aquel que los lea.









Desde San Ignacio, Carla, Dayana y yo fuimos haciendo dedo a visitar las cercanas misiones de Loreto y Santa Ana, y también haciendo dedo llegamos hasta Puerto Iguazú, con lo que tuvimos oportunidad de seguir disfrutando de la amabilidad y la buena conversación de los argentinos. En Puerto Iguazú pasamos dos días visitando las cataratas, que son un impresionante espectáculo que uno no se cansa de mirar desde todos los puntos de vista. Decía Italo Calvino que un clásico es aquel libro que, aunque pensamos que lo conocemos perfectamente, siempre te sorprende cuando lo lees por primera vez. Lo mismo se puede aplicar a las maravillas americanas más famosas, como Machu Picchu, el Perito Moreno, las Torres del Paine, Tikal, Palenque o Iguazú. Por muchas fotos que se hayan visto, no deja uno de conmoverse cuando las tiene ante sí.



El Parque Nacional Iguazú, el del lado argentino, está, además, muy cuidado y muy bien organizado. Aparte de innumerables pasarelas para admirar cada catarata desde cualquier perspectiva, y de la constante compañía de los coatíes, cuenta con preciosos senderos ecológicos en los que se pueden ver con facilidad monos y hermosas aves de distinto tipo. El de mayor recorrido es el llamado “sendero macuco”, que termina en una bonita cascada, ideal para darse un baño. Y si el día está bueno, es una maravilla tumbarse a tomar el sol en la playa de la isla San Martín.  





Tras ver las misiones paraguayas, y dormir una noche en Encarnación, Me separé de Carla y Dayana en Asunción. Ellas querían apurar sus vacaciones en Bolivia, y yo prefería quedarme un tiempo en Paraguay. Pero la música que desprenden todavía viaja conmigo. 




Carla es de Puerto Natales, en la Patagonia chilena, pero hace algunos años que vive en Valparaíso. Acaba de terminar Enfermería, y por como habla y como actúa yo creo que sería una excelente enfermera. Pero ella quiere volver a Puerto Natales y estudiar allí Turismo de aventura. Quiere viajar, aprender, experimentar, ir a sitios donde nunca haya estado, y seguro que combinando las dos profesiones tendrá muchas oportunidades de hacerlo. 



Dayana es de Los Andes, una pequeña ciudad de la región de Valparaíso. Hace un año que es fisioterapeuta, y acaba de pasar algunos meses trabajando en la turística localidad de San Pedro de Atacama. Dayana quiere viajar, aprender, experimentar, ir a sitios donde nunca haya estado, y seguro que con su profesión tendrá, también, muchas oportunidades de hacerlo. De momento, es posible que en pocos meses nos veamos en Manaos, donde ella quiere pasar un tiempo aprendiendo medicina natural, y adonde yo quiero ir cuando me llegue el momento de descender el Amazonas.

Carla y Dayana son comunicativas, dinámicas, trabajadoras (ambas se han pagado los estudios trabajando en hoteles, bares y restaurantes, como “coperas”), espontáneas, y tienen una curiosidad, una falta de prejuicios y un sentimiento panamericano que he echado de menos, durante mi estancia en Chile, en otros compatriota suyos de mayor edad.  Carla y Dayana era la primera vez que salían de su país, pero seguro que no será la última. Junto a otros jóvenes chilenos y chilenas encantadores que he conocido, dentro y fuera de Chile, constituyen la generación llamada a superar de una vez por todas los traumas que he creído entrever en la sociedad de su país, y de los que (por ejemplo aquí) he hablado en otras ocasiones. 



Carla, Dayana. Dayana, Carla. Un beso desde aquí.




martes, 22 de febrero de 2011

Nazca (Violeta y Vane)



Vine a Nazca para ver las líneas, pero me gustó más conocer a Violeta y a Vane.

Las Líneas de Nazca, como muchos sabréis, son unos inmensos dibujos que los miembros de la llamada cultura nazca se entretuvieron en trazar en el desierto, entre el siglo 200 a.c. y el 600 d.c. Sus dimensiones oscilan entre los 250 metros y los dos o tres kilómetros de largo, por lo cual sólo son discernibles desde el aire (de hecho, sólo se descubrió su existencia cuando los primeros vuelos militares y civiles comenzaron a recorrer la zona). Los dibujos más modernos son figuras geométricas simples, pero los más antiguos representan animales y figuras antropomorfas muy originales (la decoración de la excelente cerámica nazca tuvo una evolución similar). La función de estos geoglifos, únicos en el mundo, ha suscitado todo tipo de peregrinas teorías, pero hoy en día prevalecen como las más rigurosas dos de ellas: la clásica de Paul Kosoc y María Reiche, que creen que sirvieron como gigantesco calendario astronómico; y otra más reciente que afirma que tienen que ver con el culto al agua. Dado que los geoglifos se dibujaron a lo largo de más de 800 siglos, y lo distintos que son en su diseño, es posible que hayan servido para estas dos funciones, en distintas épocas.




Desde su descubrimiento, la líneas de Nazca han atraído a infinidad de curiosos, y en la actualidad el 40% de la pequeña población que les da nombre vive, directa o indirectamente, del turismo. El 2010 no ha sido un buen año para Nazca. Dos avionetas turísticas sufrieron trágicos accidentes, y otras tuvieron que realizar atrrizajes forzosos por problemas mecánicos. Incluso una fue secuestrada en vuelo, y trasladada a la selva para dedicarla al narcotráfico. Al final, el gobierno peruano mandó hacer una inspección y descubrió que la mayoría de las avionetas no reunían condiciones para volar. Muchas tenían más de cincuenta años, y llevaban mucho tiempo sin pasar revisiones. En la actualidad sólo tres compañías tienen permiso para ejercer, lo que ha disparado los precios, y las medidas de seguridad en el pequeño aeródromo de Nazca son similares a las de cualquier aeropuerto internacional. Me habían avisado de que sería caro volar y de que, aún así, era probable que no hubiera plazas. Violeta me lo resolvió. Ella me consiguió una plaza de bajo coste, y pude ver las líneas, aunque las fotos que he puesto arriba las he sacado de internet, porque con el corto objetivo de mi cámara no salían bien. Al día siguiente también contraté con ella una visita guiada al cementerio nazca (estas fotos sí son mías).







Violeta tiene diecisiete años, y es la responsable en exclusiva de un agencia turística, cuyo dueño vive en Lima. Es una chica seria, reconcentrada y contenida, que se maneja como si tuviera mucha más edad de la que tiene. No en vano trabaja desde los doce años, en puestos callejeros de comida y tiendas de ropa. Desde que terminó la secundaria hace ocho meses, trabaja a tiempo completo en esta agencia, pero su afán es matricularse en Turismo y poder estudiar idiomas para afianzarse en la profesión. Para ello tiene que hablar con su jefe y conseguir una reducción horaria, algo que ve difícil. La madre de Violeta es “jaladora” (así le llaman a las personas que esperan a los turistas en las estaciones de autobuses con folletos y ofertas para convencerlos de que acudan a una agencia o un hotel determinado, a cambio de una comisión) y Violeta alberga la esperanza de tener un futuro más cualificado. Cuando estuvimos en el aeródromo, un pequeño inconveniente hizo que estuvieramos más de tres cuartos de hora esperando un taxi para volver al pueblo. Violeta se puso claramente muy nerviosa, aunque durante la espera comenzó a charlar conmigo, y se fue tranquilizando. Luego me dijo que los turistas españoles se quejaban siempre mucho y eran muy exigentes, y que había tenido miedo de que yo protestara por la espera. Violeta, como he dicho, se maneja en su profesión como una mujer, pero es fácil darse cuenta de lo que en realidad es: una niña abrumada por responsabilidades de adulto, y por un futuro incierto.

Estamos en temporada baja, y Violeta no tenía mucho trabajo, ni en Nazca hay gran cosa que hacer. Así que pasé dos tardes muy agradables charlando con ella en su oficina. Con ella y con su amiga Vanessa, que se pasa por allí a visitarla. Vanessa, Vane, de dieciocho años, es una chica alegre y bromista, siempre con una sonrisa en los ojos. Trabaja por las mañanas en un locutorio telefónico, haciendo recargas y atendiendo las cabinas. Gana 240 soles, que evidentemente no le llegan para nada, y en un momento de la conversación se echa a llorar y confiesa que su padre le dice que si no puede aportar a la casa ya puede ir buscándose otro sitio para vivir. Dice que su padre es un borracho, un estorbo, pero que su mamá le da la razón en todo, y que tampoco ella la mira bien. Que nunca ha tenido un regalo de cumpleaños, que ninguno de los dos ha sido nunca cariñoso con ella. Que le gustaría irse a vivir con su hermana, pero que no puede hacerlo porque su hermana vive en medio del desierto, a una hora andando de la ciudad. En Nazca, al parecer, mucha gente vive en el desierto. Son, según la expresión de Vane, impregnada de un dramatismo adolescente, “los olvidados de Dios”.

Dije antes que el 40% de la población de Nazca vive del turismo. Por Vane, y por el guía que al día siguiente me acompañó al cementerio nazca, me entero de que el otro 60% vive de la agricultura o de la minería. Agricultura de subsistencia en el pequeño oasis que que crece en las orillas del río Nazca. Minería artesanal en las ancestrales minas de oro de los cerros cercanos. Estos buscadores de oro, que no sufren otra fiebre que la de la supervivencia, venden su material en bruto y al por menor a intermediarios de Nazca, que luego lo mandarán a Lima para su tratamiento y refinación. Agricultores y mineros viven allí, en medio del desierto, dedicados a las mismas labores que los remotos antepasados que trazaron las famosas líneas. Y en medio del desierto, al lado del antiguo cementerio nazca que yo visité, entierran a sus muertos.


Violeta le ofrece un pañuelo de papel a Vane, y la mira grave y largamente. Ella gana 700 soles, y se lleva mejor con sus papás, pero también sabe que si no aporta en la casa, pocas oportunidades le iban a dar. Vane no es demasiado guapa, ni parece demasiado inteligente; ni, me temo, tiene demasiada constancia (el año pasado comenzó a estudiar Turismo, pero lo dejó. Ahora quiere matricularse otra vez, pero también necesitaría una reducción de horario en su trabajo); pero tiene, Vane, la frescura de la juventud, y un inagotable optimismo. Vane tiene la piel dura. A los pocos minutos de su llantina ya está bailando músicas tradicionales que busca en You tube, riendo a carcajadas, y enseñándome los pasos. Violeta sonríe desde su butaca de directora de agencia. Ya de noche, Vane me acompañó al centro para mostrarme dónde había un ciber con lector de cd que yo necesitaba y, cuando me ofrecí a acompañarla a su casa, me dijo que mejor que no, que en su barrio había mucho borracho, y podía tener problemas a la vuelta. La creí.

Vane se queja de que siempre tiene hambre, y de que se le hacen eternas las horas en el locutorio, sin poder salir a comer. Al día siguiente fui a visitarla y le llevé una pequeña empanada de carne. Se puso muy contenta.

He hablado sin pudor de Violeta y de Vane porque es casi imposible que ni ellas ni nadie de su entorno lleguen nunca a leer esto. Por si acaso, de todos modos, he usado nombres ficticios y no publicaré sus fotos. Vane y Violeta son muy distintas, pero en las dos encontré la misma capacidad de resistencia, el mismo espíritu de lucha, la misma conciencia agonística de la vida que las hará, espero, sobreponerse ante las adversidades, y disfrutar plenamente de aquello de bueno que ellas se sepan forjar. Vane y Violeta. Mucha suerte a las dos.

viernes, 8 de octubre de 2010

MUISNE (IV): WILLIAM CHILAS


Este señor es William Chilas, pescador. Al menos lo fue cuando en Muisne había pescado, y ahora también lo es, pero hay que admitir que ya no es su actividad principal. Ahora se dedica a fabricar dulce con los cocos que le dan las palmeras de su terreno al Norte de Muisne, a venderlo por las calles del centro, y a gestionar una cabaña de turismo comunitario. William Chilas es una de las personas con las que trabaja Fundecol.

Esta cabaña, con capacidad para cuatro personas, cuarto de baño completo, agua canalizada y luz, tiene un coste de fabricación de cinco mil dólares, aportados por Fundecol. El precio por dormir en ella es de siete dólares por persona, comidas aparte, y la estancia incluye actividades como ir de pesca en bote y mariscar con William y su familia, y tener el placer de ver cocinar y comer luego lo recogido. También se hacen visitas a los manglares, se conoce el proceso de reforestación y, si se quiere, se participa en él. Naturalmente, también hay tiempo para descansar y bañarse en un entorno francamente privilegiado. 




Los beneficios generados por los turistas comunitarios se reparten de la siguiente manera: el 20% para Fundecol, el 70% para William Chilas, y el 10% queda como fondo para seguir ampliando la red de cabañas, y que otras familias se vean favorecidas por el proyecto. Las ONGs extranjeras que apoyan a Fundecol proporcionan personas concienciadas e interesadas en este tipo de turismo, y la propia Fundecol tiene convenios con universidades ecuatorianas para que sus alumnos ocupen las cabañas, así que, me dice William, no faltan huéspedes.
William lleva un año embarcado en este proyecto y, dice, está contento. La gente que viene es muy amable y simpática, y el trato con ellos es muy enriquecedor. Bueno, esto más o menos lo digo yo, y él asiente. La timidez con que me recibe y responde a mis preguntas me hace pensar que William no se ha adaptado todavía del todo a su nueva situación.
  
No hay un país de los llamados "en vías de desarrollo" que no haya sacado la cabeza gracias al turismo. Thailandia, Vietnam, Senegal, Cuba o la Dominicana han visto aumentado extraordinariamente su PIB debido al turismo de masas. Pero el turismo de masas provoca una grave degradación medioambiental, un terrible impacto en el tejido sociocultural, y además los beneficios suelen estar tan mal repartidos que no compensan el daño infligido a una gran mayoría de la población. El turismo comunitario, sin embargo, es respetuoso con el medio ambiente, apenas altera el tejido sociocultural y los beneficios recaen directamente en la comunidad, con lo que se convierte en un buena fuente de ingresos para colectivos que han visto desaparecer sus fuentes de riqueza tradicionales, como es el caso de Muisne. Para los visitantes, este tipo de turismo es una excelente oportunidad de integrarse en una cultura y una forma de vida de la forma más auténtica posible. Yo he practicado y, sin duda, seguiré practicando, el turismo comunitario. Pero no dejo de entender que haya personas, como Peter me dio a entender en Olmedo, que lo consideren una forma de rendición.

MUISNE (III): GILSON



Ilustro este artículo con esta  foto porque éste fue el bar donde conocí a Gilson, pero la noche que conocí a Gilson no llevaba la cámara, y no pude fotografiarlo. Gilson no tendrá más de veintidos o veintitres años. Es un mulato claro de rasgos y ademanes dulces y equilibrados, y habla en un volumen de voz tan tenue que te obliga, para poder escucharlo, a concentrar en lo que dice toda tu atención. Me invitó a una cerveza, y enseguida me cayó bien, porque no me ofreció marihuana ni me sacó ninguna de las típicas conversaciones con las que a veces te quieren enredar.  En lugar de eso comenzó, amablemente y sin ni siquiera preguntar mi nombre, a relatarme su vida. 
Gilson lleva apenas seis meses viviendo en Muisne, y no conoce prácticamente a nadie, aparte de su mujer y su hijita de año y medio. En la ciudad de Esmeraldas, la capital de la provincia, le ofrecieron un trabajo aquí, y aquí se vino con su familia. Gilson trabaja en una piscina camaronera. Vive en una casita en la orilla de la piscina y su labor es vigilar un poco y, sobre todo, verter en la piscina los abonos químicos que le proporcionan los biólogos cuando se pasan por allí cada quince días, y le dan el cuadrante. A Gilson se le nota la   admiración en la voz, cuando habla de los biólogos.
 
Gilson está contento. No se adapta mucho a Muisne, pero tiene un trabajo cómodo que le permite estudiar por las tardes en el centro de adultos para sacarse el graduado (Gilson sólo estudió hasta tercer grado). Con el graduado, podría volver a Esmeraldas y colocarse en una planta conservera donde ganaría 480 dólares al mes.  Dinero suficiente para proporcionarle a su hijita una buena educación, que es lo que más le preocupa. Gilson en la piscina gana 250 dólares al mes, pero se portan bien con él: le dan 30 dólares semanales,  y a los ocho meses recibe el resto de golpe. Si Gilson quiere algún adelanto, también se lo dan sin problemas. De hecho acaba de pedir 600 dólares para comprarle una computadora portátil a su mujer, y ya ella la está usando, en su casita a la orilla de la piscina camaronera.


Mientras escucho esto, no puedo evitar relacionarlo con mis lecturas. Demasiado sé yo que el sistema de adelantos ha servido durante siglos para, en la práctica, esclavizar a los trabajadores de por vida. En las caucherías, en las haciendas, en las minas. En toda Latinoamérica. Mientras Gilson me enseña en su móvil las fotos de su hija, lo miro y le deseo en mi pensamiento que  sepa  tener la cabeza fría. No quiero imaginarme a Gilson dentro de unos años encerrado en esta isla en la que no conoce a nadie, con un trabajo que sin duda no le hará ser muy apreciado entre la población autóctona, recibiendo treinta dólares a la semana y pendiente de una deuda que nunca podrá pagar. Me resisto a pensar que las cosas sigan funcionando así.
Al menos, Gilson tiene la ventaja de que no tolera mucho el alcohol. A la tercera cerveza (en Ecuador las cervezas son de 60 centilitros) cayó en una brusca melancolía. Se levantó, me dio la mano y, un poco tambaleante, se fue. Nunca más lo volví a ver. 

lunes, 13 de septiembre de 2010

MANUEL

FOTO: MATILDE MAESTRO

Este señor es Manuel, vicepresidente de la comunidad de Las Salinas. Durante la semana que hemos permanecido en esta localidad, Manuel ha sido un trabajador y un animador incansable: un ejemplo para todos. Manuel  se levantaba el primero y se acostaba el último. Coordinaba y ayudaba en la cocina, apoyaba en los ensayos y alentaba a los niños constantemente, colaboraba en el vestuario, daba ideas y ánimos en todo momento… y por las noches  proyectaba películas con el “Chulpi Cine”: otro proyecto de Acción Ecológica que, mediante un equipo portátil y un generador de electricidad, pretende acercar el mejor cine educativo a unos niños que quizá no hayan visto una película en su vida (sinceramente creo que lo único bueno de no tener tendido eléctrico es no tener acceso a la televisión. Después de haber visto preciosas películas, la mayoría de animación, producidas en los más peregrinos países, y cuya existencia desconocía, recuerdo la sensación de irrealidad que me invadió cuando, en el autobús de vuelta a Quito, me obligaron a ver la típica producción estadounidense de tiros y peleas. No es posible que sea eso lo que la gente ve todos los días, y que no les afecte).

Manuel llegó a esta zona con sus papás cuando él tenía siete años. Se crió entre los indios cofanes, que por entonces vivían aquí, y de  ellos aprendió el uso de las artes medicinales y el arte de la caza y de la pesca. Ya mayor, y ante la inseguridad que iba presentando la zona, su familia volvió a emigrar a Machala, una ciudad costera del sur de Ecuador. Lo único que le gustó a Manuel de Machala fue la Biblioteca Municipal. Se convirtió en un autodidacta y, como echaba de menos la selva, decidió volver. Ahora hace ya diez años que Manuel trabaja en distintos oficios por la zona de Sucumbíos para subsistir, pero su verdadero trabajo es luchar por sacar adelante la comunidad: despertar las conciencias de unos vecinos quizá abrumados por las circunstancias, y cuidar del sano desarrollo de sus hijos. Para Manuel fue una suerte conocer a Acción Ecológica y la Clínica Ambiental que tiene esta organización en Sucumbíos, y de la que pronto hablaremos. Para Acción Ecológica fue una suerte conocer a Manuel.

A continuación reproduzco la entrevista que mi hermana Diana hizo a Manuel para el programa de televisión “Acción directa”. En ella Manuel nos habla de su infancia con los cofanes, de la situación actual de esta y otras etnias, del arribamiento en la zona del narcotráfico, y los abusos de militares y paramilitares colombianos en la frontera, del tremendo impacto de las petroleras… de sus expectativas y de sus sueños. Son treinta y dos minutos de audio, y quizá tarde en cargar, pero no tiene desperdicio. Ponedlo mientras hacéis otra cosa, como si fuera la radio, y escuchad a Manuel. 

       

sábado, 31 de julio de 2010

Carolina

Esta guapa chica, con la que inauguro la etiqueta "Retratos", es Carolina, camarera de El Pobre Diablo. Accedió a que la fotografiara a la luz de las velas que iluminan este local y lo publicara en el blog, con la condición de que también le mandara la foto por correo electrónico. Dicho y hecho, Carolina. Espero que te guste y que consultes de vez en cuando el blog. Un saludo.