"La diferencia entre un turista y un viajero reside en que cuando un turista llega a un sitio sabe exactamente el día que partirá. El viajero, sin embargo, cuando llega a un lugar, no puede saber si acaso se quedará allí el resto de su vida" Paul Bowles.

viernes, 25 de noviembre de 2011

Yurimaguas


Me recuerdo en agosto de 2007, cubriendo el trayecto Tarapoto-Yurimaguas en un jeep colectivo. El primer tramo de carretera estaba asfaltado, pero la mayoría era una angosta pista de piedra y tierra que apenas se dejaba ver en lo frondoso de la selva. Viajábamos de noche, con la música muy alta e intentando conversar, a gritos, para que el conductor no se durmiera. Ahora, cuatro años después, he hecho el mismo recorrido en un Toyota Corolla con otros tres pasajeros, sobre una carretera ancha y de excelente pavimento. Las dos horas de viaje se me han hecho más largas, o más aburridas, que las siete u ocho que demoramos la primera vez.

Aunque en 2007 la oscuridad era casi absoluta, no es difícil darse cuenta de que el paisaje ha cambiado. A cualquiera le seguiría resultando una visión fascinante, idílica a ratos. Extensos campos de plátanos, palmerales, plantaciones de caña. Llanuras que sirven de pasto a rebaños de vacas. Pequeñas comunidades de casas de madera y techos de hoja de palma, aunque también se van viendo ya muchas construcciones de ladrillo. La mano del hombre ha convertido la selva ecuatorial en un claro escenario tropical de indudable belleza. Pero yo ahora sé algunas cosas que me impiden disfrutar de su visión. Sé, por ejemplo, que los monocultivos atraen plagas y hay que usar pesticidas químicos o, peor, semillas transgénicas. Sé que sin cultivos asociados y grandes árboles que aporten nutrientes con sus hojas caducas la tierra de la selva pierde fertilidad, y hay que usar abonos químicos. Sé que los llanos en que pastan las vacas no son naturales, que provienen del desmonte que los gobiernos promueven al asignar las parcelas para su “uso productivo”, y que esta tierra infértil necesita una hectárea entera de pasto para alimentar a un solo animal. Sé que la desforestación reduce los caudales de lluvia, con lo que el problema se hace mayor. Sé que los ríos se secan. Los animales se extinguen. Y sé que cada hectárea de selva que se va desforestando en Sudamérica acelera un poco más el cambio climático global que nos terminará asfixiando.

No todo el paisaje es, por otra parte, tan sereno. Gasolineras, aserraderos, fábricas de ladrillo, cementeras, chatarrerías se van sucediendo a medida que nos acercamos a Yurimaguas. Todavía no veo bares y clubes de carretera, pero los habrá. Los obreros y los camioneros necesitan también un descanso.

El taxi me deja en un paradero nuevo a la entrada de Yurimaguas. Cuando, después de tomar una habitación, me acerco al muelle, compruebo que la gran carretera termina allí. Recuerdo cómo me impresionó el muelle principal de Yurimaguas, la primera vez que lo vi. Con tablas de madera por todos lados para no hundirse en el barro; con multitud de puestecillos de comida y de utensilios (fiambreras de plástico, cubiertos, champú, papel higiénico y todo lo que un pasajero pudiera necesitar en su travesía); con gente pululando por doquier, cargando y descargando, vendiendo, ofreciéndose para portear equipajes, se me antojó una imagen más propia del siglo XIX que del XXI. Ahora sólo veo enormes camiones, una grúa y una estación portuaria repleta de contenedores. En esos contenedores, pienso, llegarán también la delincuencia, la prostitución y la masificación, como en su día llegaron a Pucallpa. Definitivamente, las carreteras son un cáncer para la selva.

De momento, el resto de Yurimaguas no está todavía contaminado. Es una pequeña localidad que no llega a los 50.000 habitantes, de pausado ritmo de vida y amabilísimos habitantes. Cuando salgo de mi hostal a las siete de la mañana la agitación es indescriptible. Todas las calles alrededor del mercado, casi todo el centro de la ciudad, están abarrotadas de viandantes que escudriñan decenas de puestos de ropa y alimentos, sobre todo de pescado, bien sea fresco, ahumado o salado (“Buen pescado, para la chacra, para la abuela, buen pescado”). Las mujeres “israelitas”, una confesión religiosa con muchos adeptos por acá, venden artículos de cocina vestidas como si acabaran de salir de un portal de Belén, mientras escuchan música en su Ipods. Las mototaxis se acumulan en el extremo de las calles, esperando para devolver a las amas de casa a sus, a menudo, lejanos hogares. A medida que aumenta el calor, se observa que la actividad va menguando. A mediodía la ciudad avanza ya con dificultad, y a las dos de la tarde ha perdido por completo el resuello. Sólo en la noche, a las ocho, a las nueve, se verán algunas familias paseando por la plaza.

En realidad, de cuatro a seis se ha producido un brote de efervescencia en un extremo de la ciudad. En el muelle del Vado se celebra el mercado nativo. No es muy distinto del matinal, pero sí cuenta con mucha más presencia indígena. Shipibos y showis, con sus largas canoas amarradas en el muelle, venden plátanos, yuca, aguaje y comida elaborada: empanadas de verde, pinchos de suri (los gusanos de palma de tan jugoso y dulce sabor) y crujientes hormigas conga fritas, que uno debe comer con abundante yuca para que las patitas no se te claven en la garganta o el paladar. En un rincón se exponen para su venta algunos gallos de pelea y un tajino, el chancho de la selva. Aquí no hay turistas, por lo que no se ven animales exóticos ni artesanía. Las indígenas sólo venden las semillas sueltas para que las compren los artesanos de la ciudad.




El del Vado es sólo uno más de los pequeños muelles que salpican la costa con barcos menores y canoas particulares o de pasajeros. En uno de ellos está mi lancha, El romántico II. SALE: A LAGUNAS. DÍA: MAÑANA. HORA: 8.00 A.M. “SIN FALTA”. Al día siguiente, a las siete y media, un hombre pinta tranquilamente el casco del barco, y el cartel sigue en su sitio. No hay ninguna prisa. Me quedo allí mismo, enfrente del muelle, en un hostalito con una terraza que da al río, y escribo estas notas al atardecer, cuando el sol va dorando las copas de los árboles. Ante mí El romántico II, junto a otros barcos, reposa sobre el río Huallaga, que desemboca en el Marañón, que luego se une al Ucayali y, los dos juntos, siguen su curso bajo un nuevo nombre. Río Amazonas.

Los ríos sí, siempre lo han sido. Las carreteras de la selva.



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ANEXO: montaje fotográfico de mi travesía Yurimaguas-Iquitos-Pévas de agosto de 2007. Las primeras fotos son del muelle principal de Yurimaguas, por aquel entonces.


miércoles, 2 de noviembre de 2011

Ayacucho


En la plazuela de Huanta,
donde la sangre del pueblo,
ay, se derrama.
Allí mismito florece,
amarillito, amarillando,
flor de retama.

Hace poco que Ayacucho, la capital de la región del mismo nombre, ha recuperado su denominación original. Huamanga. Seguramente ya Abimael Guzmán la llamaba así cuando, a principios de los setenta, dictaba clase con voz de trueno desde su cátedra de Filosofía en la universidad local, la Universidad Nacional San Cristóbal de Huamanga, ante un alumnado enardecido que desbordaba el aula y abarrotaba los pasillos para escucharlo. Años después, Guzmán estaba en la clandestinidad, y lideraba el grupo terrorista “Sendero Luminoso”. La quema de urnas electorales en el pueblo ayacuchano de Chuschi, en 1980, inauguró el conflicto armado interno más sangriento que haya tenido el Perú. Sendero Luminoso, de inspiración maoísta, no mostró ningún respeto por las costumbres o el pensamiento tradicional de las comunidades indígenas a las que decía representar, y muy pronto los campesinos, que se habían agrupado en rondas de autodefensa, pasaron a ser un objetivo tan frecuente como la policía nacional, el ejército o los “enemigos de clase”: profesionales de clase media, maestros, sacerdotes y extranjeros. Durante dos décadas, la región de Ayacucho se vio sumida en el horror. Degollamientos, lapidaciones e incluso la muerte en la hoguera fueron prácticas habituales de los senderistas, que llegaron a arrasar comunidades indígenas enteras en respuesta a sus actividades de autodefensa o a acciones supuestamente “colaboracionistas” (por ejemplo, acudir a votar en las elecciones). “La represión del ejército no fue menos sanguinaria”, me cuenta Ana María, “la mayoría eran soldados venidos de la costa, y para ellos cualquier persona que hablara quechua era un enemigo potencial. Se cometieron muchos crímenes que aún están por esclarecer”. El saldo es, en efecto, muy igualitario. Setenta mil muertos o desaparecidos, de los que se calcula que la mitad lo fueron a manos de Sendero Luminoso, y la otra mitad a manos de la policía, el ejército, y algunos grupos paramilitares. El 75% del total de las víctimas fueron campesinos quechuas.

-Pues la vida aquí en Huamanga tenía que ser muy distinta entonces.

-Uff!!- responde Wilber, señalando a la plaza- Ahorita no habría ni un alma, por acá.

Son las diez de la noche. Ana María, Wilber y yo estamos sentados en la terraza del Vía Vía, tomando un chilcano, y la Plaza de Armas de Huamanga es un hervidero. Estudiantes, parejas, familias, grupos de adolescentes. Wilber es limeño, como Ana María, pero se casó con una ayacuchana y lleva veinte años dando clase en un colegio de esta ciudad. Nos cuenta que todas las noches había toque de queda. Que, recién llegado a Huamanga, fue con su mujer a visitar el cercano yacimiento arqueológico de Wari, se les hizo tarde y tuvieron que volver caminando porque ya no pasaba ninguna movilidad. A la entrada en la ciudad fueron retenidos por la ronda campesina y durmieron en un calabozo, hasta que a la mañana siguiente un representante municipal acudió a reconocerlos. Ana María cuenta cómo la policía entró a registrar el departamento de un amigo suyo, que había venido aquí a trabajar. Le encontraron una foto del Che, y pasó diez días en la cárcel, hasta que el párroco de Huamanga logró intermediar. En los altavoces del Vía Vía suenan “Los cholos”. Es un huayno en castellano que se titula Cerquita del corazón. Wilber nos cuenta que está dedicado a un músico muy popular en Ayacucho, que murió acribillado por unos soldados que confundieron el charango que llevaba debajo del poncho, cerquita del corazón, con un arma de fuego. “La canción ahora es casi un himno, acá”. Yo había escuchado Flor de retama, que es casi un himno en todo el Perú.

Con Ana María acudí en Huamanga al foro social “Participación y vigilancia del presupuesto público para el buen gobierno”, con abundante presencia de asociaciones campesinas. En el auditorio de la Universidad San Cristóbal de Huamanga, vimos un concierto de Wayna Roots, un grupo local que combina la música andina con el reagge. Mientras en el cine-club universitario proyectan Pequeña miss Sunshine, en la plazoleta María Parado, frente al mercado artesanal, la gente corre enarbolando el artefacto pirotécnico llamado “toro loco”. Beben cerveza y bailan huaynos en círculos, cogidos de la mano, al son de la quena y la zampoña. Algo parecido habíamos visto el día antes en la pequeña aldea de Quinua, que celebraba su aniversario en las pampas, entre puestecillos que vendían una singularísima cerámica, propia del lugar.

En Huanta pude asistir al mercado quechua más genuino que nunca he visto. Una indescriptible variedad de papas. Chuño blanco y chuño negro. Sangre de grado. Cactus medicinales. Algarrobina. Panales de abeja apoyados en cuencos de barro, destilando su miel. Los campesinos aquí son mucho más amables y dulces que en el altiplano. Nos llaman “mamacita” y “papacito”, e incluso nos gastan alguna broma. “Si comes esto sales hablando quechua, papacito”. Yo ya he comido chuño, en Bolivia, pero no lo digo. Ana María compra una botella de algarrobina, y la paga con dinero. Entre ellos practican el trueque.

Montamos en una combi atestada de campesinos. Atravesamos pequeñas aldeas de casas de adobe y calles de tierra. Bosques de eucaliptos. Rebaños de ovejas. Subimos a picos de más de 4000 metros, a la puna, donde sólo crece el ichu. Luego, a través de las curvas, vemos, poco a poco, cómo aparecen los valles. Un señor casi anciano pero de físico fibroso parece especialmente animado, y con todo el mundo habla. En quechua mantiene conversaciones que deben ser muy divertidas, pero cuando me habla en castellano yo apenas logro entenderlo. Bebe su aguardiente de forma tan sabia que, cuando se baja, al cabo de cinco horas, no está ni más ni menos borracho que cuando subió.

En Vilcashuamán exploramos el Templo del Sol, sobre el que los conquistadores construyeron su iglesia. Se diría que hemos coincidido en la visita con una excursión, pero son sólo los alumnos del colegio que está detrás, que acaban de salir de clase. Todos los días suben y bajan estas escaleras centenarias. Sus madres descansan a la sombra de los muros, exponiendo a la venta sus productos. Al doblar una esquina, como si fuera una casa más, encontramos la pirámide que mandó construir Túpac Yupanqui.

Yulisa, una niña de once años, nos acompaña a enseñarnos lo que ella llama “la mesa sagrada”. Salimos al campo y, mientras sorteamos las chacras, Yulisa nos muestra, a izquierda y derecha, los dos apus del pueblo. Los Cerros Tutelares que toda comunidad quechua tiene. También nos enseña su chacra, que está ya preparada para plantar la papa. La familia de Yulisa tiene treinta ovejas, que pastan ahora en los cerros con su tía; cuatro caballos y sólo tres vacas. Se les acaba de morir una. Llegamos a la mesa sagrada, que está en lo alto de una pequeña colina. Le damos a Yulisa una propina y se va corriendo, porque por la tarde tiene que ir al colegio. La mesa sagrada resulta ser una gran piedra plana en la que se han efectuado orificios de distinta profundidad, y canales que los comunican. Desde mi punto de vista, tal y como me enseñó Javier Bellot en Bolivia, es un pluviómetro inca. Varios de los orificios contienen aún agua de lluvia, y sólo habría que conocer su profundidad, y hacer los cálculos pertinentes, para saber qué cantidad de agua cayó anoche. También hay una gran piedra tallada en forma de tumbona, donde seguro que alguien, hace mucho, pasó largas horas estudiando las estrellas.

Bajamos la colina, y seguimos caminando valle arriba. Trochas angostas bordeadas de eucaliptos. Chacras delimitadas por muros de piedras, muchas de las cuales fueron sin duda talladas por los incas. Los hombres interrumpen el arado de la tierra para darnos las buenas tardes. Una niña pasa guiando con una cuerda a un caballo. Sólo el canto de algún gallo y el balido de las ovejas, a lo lejos, amortiguan el silencio. Un halcón atraviesa el aire. Una señora que lava ropa en el arroyo agita su mano en nuestra dirección, y sonríe. Marcando los límites del valle, sus perfiles recortados contra el cielo, los apus nos protegen.  


Cuzco



Quizás porque ya lo conocía con anterioridad, siento que en este blog no estoy siendo justo con un país tan rebosante de historia y cultura como es Perú. En el artículo anterior mencioné algunos yacimientos importantes, pero no he hablado, por ejemplo, de Sillustani. No he hablado de Kuélap. No he hablado de las huacas del Sol y de la Luna, ni de la huaca Esmeralda. No he hablado de Chan Chan, ni de Pachacámac. No he hablado del Señor de Sipán. De Kuntur Huasi. No he hablado del Museo de la Nación o del de los Santuarios Andinos, en Arequipa. Y, sobre todo, salvo una pequeña nota (aquí) a propósito de Machu Picchu, no he hablado del Valle Sagrado, ni de Cuzco.






Cuatro años después, he vuelto, de camino entre la Paz y Lima, a Cuzco. No he entrado en el Coricancha. No he subido a contemplar la fortaleza de Sacsayhuamán. No he visitado Písac, ni el mercado de Chinchero, ni he vuelto a Ollantaytambo. Y, por descontado, no he vuelto a ver Machu Picchu. Pero ha sido un placer pasear de nuevo, en un septiembre casi sin turistas, por estas calles repletas de historia. Sin urgencias, sin planos ni folletos, sin boletos de entrada. Tan sólo dejándome empapar por el magnetismo de la piedra. Estas piedras incas que desde hace siglos dan sustento a las construcciones coloniales son más que un símbolo. Son una fuerza, una esencia, un vigor soterrado. Cuzco ya no tiene forma de puma. Pero por debajo de los barrios residenciales, de los hostels, de las tiendas de souvenirs, de las agencias de viajes, del food and music y el after hours, en Cuzco siguen fluyendo (Arguedas lo sabía) los ríos profundos.



lunes, 31 de octubre de 2011

Tiwanaku (la chakana).


(Terraza de “El albergue verde”. Miraflores, Lima. 22 de septiembre de 2011. 20.30 horas.)

-Yo era una gran admiradora de los incas, pues. Pero cuando viajé a Bolivia y vi Tiwanaku, me decepcioné mucho. ¡Los incas se habían copiado de ellos en todo! ¡Así no tiene mérito!

-Mujer, más que decir que se copiaron, habría que decir que los incas “provienen” de Tiwanaku. Es la continuación de un legado que…

-Es como si uno dice, no sé… ¿Qué país inventó la computadora?

-…además desarrollaron y perfeccionaron.

-...lo importante será el país que la inventó, ¿no?

-A  mí lo que me dio curiosidad es que entonces cobra sentido la leyenda de Manco Cápac.

-¡Manco Cápac! Eso son paparruchas que les cuentan a los turistas… ¿Quién se va a creer que un hombre salió del centro del lago Titicaca? ¡Con lo fría que está el agua!

-Es una leyenda, Katia. Las leyendas siempre tienen un fondo de verdad.

-Yo viví una temporada en Puno. Con las tonterías, íbamos a bañarnos al lago. Yo no aguantaba ni diez minutos…

-Pues diez minutos es mucho tiempo.

-¡Y era en la orilla! ¡Imagínate en el centro del lago!

-Katia, es una leyenda. ¿No sabes lo que es una leyenda, un mito? Es como lo de Adán y Eva. Lo de Adán y Eva tampoco es verdad…

-Por favor, Eduardo, no se puede comparar. ¡Lo de Adán y Eva sí que es verdad!


En una isla del lago Titicaca se erigió Tiwanaku, la capital del imperio. Mil quinientos años antes de Cristo ya estaba allí, pequeña aldea de pastores de llamas y agricultores que vivían en casas de adobe, tejían la lana, y deshidrataban la papa para conservarla en forma de “chuño”, tal y como yo he visto hacer en la actualidad. Pero no fue hasta el siglo VIII que la cultura Tiwanaku se expandió. Habían conocido el bronce, y eso les dio una ventaja fundamental en el arte de la guerra. Pronto dominaron el norte del actual Chile y el sur del actual Perú, de la sierra a la costa, así como la práctica totalidad de los Andes bolivianos. Fue el primer gran imperio de Sudamérica. Hoy en día, las aguas se han retirado, y las ruinas de Tiwanaku, la capital del imperio, se encuentran en tierra firme, a quince kilómetros del Titicaca, y a setenta de la ciudad de La Paz.



Estudiando la cultura Tiwanaku encontramos, ya casi perfectamente desarrollados, todos los elementos que definen al glorioso Imperio Inca. Los tiwanaku conformaban también una sociedad teocrática que adoraba al Sol, y en su mitología está ya la figura de Wirakocha, el dios ordenador del cosmos que había prometido volver a la tierra algún día, y al que los incas confundieron con los españoles. En su iconografía se observa también la trilogía de animales sagrados (el cóndor, el puma y la serpiente) en correspondencia con los tres mundos de los que luego hablaré. Los tiwanaku asimismo rendían culto a los muertos, y utilizaban sus momias en posición fetal durante los ritos al dios sol. En los aspectos más prácticos, tenían profundos conocimientos de astronomía y habían compuesto un calendario. Consumían la hoja de coca como alimento y la usaban también de forma ritual. Usaban terrazas de cultivo con sistemas hidráulicos de irrigación. Su cerámica era similar a la inca, y sus orfebres trabajaban el bronce, el  oro y la plata. Pero, sobre todo, conocían la chakana, con todo lo que ello implica.


La chakana o “cruz andina” es el símbolo de todo un sistema de pensamiento ancestral que sigue vivo en el mundo andino. La chakana (“puente hacia lo alto”, “escalera sagrada”) representa en vertical la correspondencia entre los tres mundos:  el Uku Pacha (“mundo de abajo” o “mundo de los muertos”) el Hanan Pacha (“mundo de arriba o supraterrenal”) y el Kay Pacha (“mundo del presente terrenal” o “lugar de encuentro”). En horizontal, representa la complementariedad o el dualismo del Todo: lo masculino y lo femenino, el sol y la luna, el día y la noche, la tierra y el agua, la fuerza y el sentimiento, el bien y el mal. Para el hombre andino todo es complementario, todo está en todo, todo está relacionado. Lo grande y lo pequeño, lo futuro y lo pasado, el mundo de arriba y el mundo de abajo. El ser humano es un nudo más en esa red, un centro de relaciones cósmicas. Y es un centro fundamental, porque él es el encargado de mediar entre los contrarios. Para el hombre andino todos sus actos son sagrados, todos sus actos son ordenadores del cosmos. Todo es rito. Él es el encargado de mantener las correspondencias y la armonía. Entre el cielo y la tierra. Entre el pasado y el futuro. Entre los cerros y las lagunas. Entre los muertos y los que han de llegar. Que nada cambie. Que las relaciones no se rompan. Que todo permanezca en armonía. Es la labor del agri-cultor: el que rinde culto a la Pachamama. El cuidador de la Tierra.

En 1200 d.c. el imperio Tiwanaku se disolvió en beneficio de los señoríos aymaras. Unas cuantas familias tiwanakus emigraron, atravesando el lago Titicaca, hasta asentarse en el Valle del Cuzco, donde pronto dominaron y lideraron a las poblaciones autóctonas. Fue el comienzo del Imperio Inca. Así adquiere justificación histórica la famosa leyenda fundacional, según la cual Manco Cápac, el primer inca, surgió junto con su mujer Mama Ocllo del lago Titicaca y, por designio de Wiracocha, peregrinó por los cerros hasta encontrar el lugar donde se hundió hasta el fondo su báculo sagrado. Habían llegado a Qosqo. Cuzco, el ombligo del mundo.

Manco Cápac diseñó Cuzco con la silueta de un puma, el símbolo de Kay Pacha, el “lugar de encuentro” con el Todo y, con el tiempo (todo está en todo) los territorios conquistados por el imperio inca, el Tahuantinsuyo, adquirieron la sagrada forma de la chakana.  El imperio inca es un símbolo del cosmos.


-¿Ves? Tú te crees lo de Manco Cápac y yo creo en la historia de Adán y Eva. Estamos empatados.

-Yo no he dicho que… bueno, es igual.


Tiwanaku es el primer gran imperio de Sudamérica, y los inmediatos predecesores del esplendor inca, pero sólo es un eslabón más en la cadena de transmisión de una forma de pensar y sentir el mundo que se remonta a muchos siglos de antigüedad. Hasta hace poco se pensaba que la “cultura madre” de los Andes era la cultura Chavín, que se desarrolló en los Andes centrales del Perú, entre 900 y 200 a.c., pero el descubrimiento en los últimos años del siglo XX del impresionante yacimiento de Caral ha hecho desplazar el foco fundacional a los desiertos costeños, y retroceder el período formativo hasta el 5.000 a.c., con lo que la civilización Caral, y por ende la cultura andina, serían coetáneas de Mesopotamia y Egipto, y con mucho la más antigua de América. En 2009 se descubrió un templo en forma de chakana en Ventarrón (Lambayeque), en la costa de Perú,  que data al menos del 4.000 a.c., y yo mismo, en la extraordinaria obra hidráulica pre-chavín de Cumpe Mayo, cerca de Cajamarca, he visto chakanas que se esculpieron en la piedra hace más de tres mil quinientos años.

El imperio de Tiwanaku coincidió en el tiempo con el de Wari, que dominó los Andes peruanos centrales y norteños, y que tenía su capital muy cerca de la actual Ayacucho. En 1200, coincidiendo con la desaparición de Tiwanaku, Wari dio paso a la Confederación Chanka. En Vilcashuamán, a 118 kilómetros de Ayacucho, los incas edificaron sobre las ruinas chankas su Templo del Sol. Y sobre el templo de los incas, edificaron los españoles el suyo.


Caral, Chavín, Tiwanaku, Wari, Cuzco. Ahora todo son ruinas. Y lo que no son ruinas, como en Cuzco o Vilcashuaman, son el basamento de construcciones coloniales. Pero cualquiera, cualquier occidental, que haya visitado una comunidad quechua o aymara, sabe que la chakana está en pie en el corazón de estos hombres y de estas mujeres. Como escribió Neruda, “el reino muerto está vivo”.


-...

-¿Y que estás, jugando al fútbol?

-No. Matando zombis. Tengo que conseguir muchos puntos para comprar más juegos.

-…

-¡Vaya! Se acabó la batería. 









domingo, 30 de octubre de 2011

La Paz





En un continente que se está desarrollando de forma acelerada, La Paz todavía ofrece al viajero de espíritu romántico lo que éste podría considerar una genuina experiencia latinoamericana. Lima o Quito, por ejemplo, presentan centros históricos perfectamente restaurados y organizados y, aunque son muy populosos, el ambiente y el tejido social que se advierte en ellos no son muy distintos de los de cualquier capital mediterránea. Sus elegantes zonas residenciales, como Miraflores en Lima o la Zona Norte en Quito, podrían encontrarse en muchas ciudades europeas. Para contemplar un ambiente popular y callejero tiene uno que irse muy lejos de las zonas céntricas, a los “pueblos jóvenes” o a La Victoria en Lima, o al Sur en Quito. Raramente, además, se ven personas con vestimenta tradicional, en Quito, y muchísimo menos en Lima, donde las formas costeñas asimilan rápidamente la emigración andina. En La Paz, sin embargo, nada más salir del hotel, ante el inmenso despliegue de color, ruido, desorden y humo, el visitante no acostumbrado tiene probablemente la misma impresión de extrañamiento que tuvieran los viajeros del siglo XIX. En las calles de la Paz, de forma abigarrada y superpuesta, es fácil detectar tres de las principales características que definen hoy en día a Sudamérica: La emigración masiva e incontrolada del campo a la ciudad, la convivencia o fusión de lo indígena, lo criollo y lo occidental, y la economía informal.  Si el viajero, de repente, siente que necesita algo (por ejemplo una botella de agua, un rollo de papel higiénico, cambio de moneda, champú, una toalla, una linterna, una lima de uñas, una navaja, un par de calcetines, un cuaderno, una gorra, unas gafas, una mochila, una bolsita de hojas de coca, una carcasa para el teléfono celular, una recarga para el celular, hacer una llamada desde un celular, un bolígrafo, un cepillo de dientes o un plano de la ciudad) tiene la seguridad de que, con tal de levantar la cabeza y mirar un poco a su alrededor, encontrará entre el tumulto a una señora de pollera y gorro (copa alta si es aymara, ala ancha si es quechua) que se lo va a vender. En La Paz todo está en la calle.  Están las calles de la artesanía, de las ferreterías, de la luminotecnia, de la pirotecnia, de los libros, de la ropa, de los zapatos, de los instrumentos musicales, de las k’oas (con los fetos de llama expuestos en grandes canastas), de la fruta, de la carne y, por todas partes, caramelos, chicles, chocolatinas, refrescos, pañuelos de papel, y puestos de comida. Parece mentira que haya suficiente gente para consumir tantas salteñas, tucumanas, humintas, tamales, chicharrones, cortezas de cerdo, charqui, sándwiches de carne, de pollo, de queso, de huevo, de milanesa; hamburguesas, canchitas, salchipapas. Que haya gente para comprar tantas películas, vídeos musicales o cedés pirateados que uno puede escuchar o ver en un televisor en medio de la calle, para asegurarse de que no le estafan. Que haya lectores para comprar tantos libros fotocopiados (de Galeano, de Paulo Coelho, de García Márquez, de Vargas Llosa, de Harry Potter, de autoayuda), tan bien cosidos y encuadernados que sólo el precio te revela que no son originales. Parece mentira que haya gente para abarrotar tantas combis, furgonetas, autobuses, taxis clandestinos, y que aún así las calles sigan atestadas de viandantes. El viajero camina por ese inmenso mercado al aire libre que son las calles de La Paz con la boca abierta y el corazón acelerado. No es sólo por admiración. La Paz se encuentra en una quebrada del altiplano, de sur a norte se empina desde los 3200 hasta los 3700 metros, aproximadamente, y a este y oeste las casas se apiñan en precario equilibrio en pronunciadas cuestas hasta alcanzar los 4100 metros, y confundirse con la ciudad de El Alto, el antiguo asentamiento de emigrantes campesinos, ya en pleno altiplano. Esto hace que en la Paz cualquier paso que uno dé lo dé para subir, o para bajar, y después volver a subir. La altura, el hecho de hallarse en una hondonada y el humo de los innumerables tubos de escape limitan tanto la cantidad de oxígeno en el aire que pasear por la Paz se convierte, por muy aclimatado que uno esté, en un ejercicio físico extenuante. La Paz, literalmente, te deja sin respiración.

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Una de las actividades de escritura creativa que suelo practicar con mis alumnos consiste en proponer una hipótesis a partir de un sustantivo y un verbo escogidos al azar. ¿Qué pasaría si…? Pongamos, por ejemplo, el sustantivo “coche” y un verbo cualquiera… “desaparecer”: ¿Qué pasaría si en una ciudad (digamos, La Paz, capital de Bolivia) desaparecieran los coches?

Pues pasaría que la gente miraría asombrada por las ventanas ante la falta de ruido. Poco a poco se irían asomando, con cierta aprensión, a las calles, hasta que al fin se decidirían a arreglar a los niños y salir a caminar por ellas,  sin rumbo, por el mero placer de pasear. Las avenidas se inundarían de bicicletas, patines y skates, y en las calles aledañas abuelos y nietos jugarían a la pelota. En medio de la calzada los niños correrían jugando al coger, al esconder, y las niñas saltarían a la comba. En alguna esquina podría contemplarse un partido más organizado de fútbol o de vóley. Los adolescentes se harían fotos ante los murales de los túneles subterráneos, los mismos murales que hasta entonces sólo habían visto desde las ventanillas del autobús. Mimos y músicos ambulantes encontrarían espacio de sobra para montar sus espectáculos, y la gente se arrebullaría a su alrededor. Los puestos callejeros (muchos menos de lo habitual, porque los comerciantes de El Alto no tendrían movilidad para bajar hasta el centro) agotarían sus existencias de helados y golosinas. La ciudad se llenaría de música, proveniente de los bares, sin verse solapada por los cláxones y los frenazos, y los camareros tendrían que trabajar mucho más, acudiendo a las mesas que ellos mismos habrían situado en pleno asfalto. La gente luciría sonriente y feliz, y hasta se diría que se respira con más facilidad. La Paz, sin árboles, se convertiría en un inmenso parque.

Sí. Estoy seguro de que, mientras yo aprovechaba para corregirles las tildes del tiempo condicional (“pasarííía”), esto es lo que mis alumnos escribirían.

El domingo 4 de septiembre fue el Día del Peatón en La Paz. La verdad, no estoy seguro de que estas fechas simbólicas contribuyan mucho a eliminar los problemas de tráfico o contaminación de una ciudad. Pero nadie puede quitarnos el placer de, al menos durante un día, haber vivido dentro de un cuento hecho realidad.



sábado, 29 de octubre de 2011

Urkupiña (Danzas de Bolivia).


Leire, una cooperante vasca, pudo verlo en Torotoro. El tinku es una lucha ceremonial que se celebra en comunidades quechuas de las regiones de Oruro y Potosí. A veces los enfrentamientos son grupales, pero más a menudo las peleas se realizan de uno en uno, tras un reto que se lanzan individuos que normalmente arrastran una larga historia de agravios entre ellos. No hay reglas, salvo la prohibición de usar piedras u otras armas, y la duración del combate es ilimitada. Si la tierra se ve abundantemente regada de sangre, supone un buen augurio para la próxima cosecha, y mucho más si se produce alguna muerte. La cosecha, el año en que Leire entrevió un tinku (según me cuenta, no fue capaz de terminar de verlo) debió ser excelente porque, tras pasar unos días en coma en un hospital de Cochabamba, murió uno de los combatientes.



El tinku que yo he visto, en Potosí, en Cochabamba y en Quillacollo, es muy distinto. Se trata de una danza colectiva que sublima esta bárbara práctica ancestral, y la convierte en arte. Hombres y mujeres, por separado, imitan los gestos del enfrentamiento físico al son de la música, y el tinku se convierte entonces en un baile pleno de fuerza y misterio. Leo sorprendido en la wikipedia que el tinku sólo aparece como baile en los años ochenta del siglo XX. En sólo treinta años el pueblo quechua ha asumido con pasión este espectáculo en todo el país, y cualquiera pensaría que es una danza con siglos de antigüedad. En poco tiempo, quiero pensar, esta recreación simbólica y artística habrá sustituido por completo al sangriento rito original.






El tinku es, para mi gusto, el más impresionante, pero es sólo uno más de los numerosos bailes que se pueden admirar en Bolivia, quizás el país sudamericano donde el folklore está más vivo. No es exagerado decir que hay al menos una danza característica de cada región, cada etnia y cada clase social, y que a través de ellas es fácil componer la sufrida historia de este múltiple y abigarrado país.

La chacarera, por ejemplo, muy popular también en el norte de Argentina, es propia del Chaco (esto es, en Bolivia, Tarija y Santa Cruz). Se trata de un baile en pareja, alegre y elegante, que nació entre los hacendados y pequeños propietarios de los llanos y que, aunque en su percusión desvela la influencia de los esclavos negros que en su momento poseían, mantiene un indudable sabor criollo.

foto: Maricarmen Espejo

De Los Yungas, la zona tropical también llamada “selva alta” o “ceja de selva”, donde proliferaron, y aún proliferan, las plantaciones cocaleras y de cítricos, provienen los caporales. El caporal (capataz) realiza acrobacias, en la mano el látigo destinado a fustigar a los trabajadores, para impresionar a las bellas señoritas que menean sus pequeñísimas faldas. Los caporales, en realidad, son una escisión urbana de la saya, el baile afroamericano que recrea la situación de los esclavos en las plantaciones. De allí tomaron los caporales las sonajas de los tobillos, que imitaban las antiguas cadenas y que, en sus botas, más bien parecen espuelas. Por su vistosidad y el lucimiento personal al que invita, esta danza es la más practicada entre los jóvenes de clase media y alta de Bolivia.





Mucho más antigua y popular es la morenada, una de las reinas del Carnaval de Oruro, y cuyos orígenes se remontan a la colonia. Al parecer se inició como una sátira del pueblo aymara hacia los esclavos negros de las minas, pero siglos de evolución la han convertido en un multifacético espectáculo de color y fantasía.










Pero el mayor símbolo del Carnaval de Oruro es, sin duda, la diablada, un baile que, aunque tiene su germen en rituales ancestrales de más de 2000 años de antigüedad, nació propiamente entre los mineros de Potosí y de Oruro para glorificar a Supay, el Tío que domina las profundidades de la tierra. Los sacerdotes católicos terminarían por convertirlo en un desfile sacramental que representa la lucha entre el Diablo y los arcángeles. En la actualidad, como corresponde a los tiempos, han aparecido también “Chinas Supay”, mujeres diablesas que aportan al baile mayor misterio y sensualidad. También el oso andino hace, al final, su aparición.








Toros, toreros y damas de mantilla hacen su aparición en el waka toqoris, el baile mediante el que los pueblos indígenas parodiaban, o quizás simbólicamente se apropiaban, de las formas y costumbres de sus opresores españoles.






La canción por excelencia del mundo andino es el huayno, que presenta versiones en quechua, aymara y castellano. Normalmente el huayno (huayño, en aymara) es una canción triste y de ritmo lento, pero también existen variedades bailables, que no podían faltar en los desfiles de Bolivia.






Por último, cabe mencionar el pujllay, que aunque es un baile quechua típico de la región de Chuquisaca, está teniendo al parecer una derivación urbana que glorifica el pasado del imperio incaico, dentro de la creciente mentalidad de indigenismo "purista" que hace décadas se está implantando en amplios sectores mestizos tanto de Bolivia como de Perú.




Quien baila su mal espanta. En Bolivia hay desfiles folklóricos de colegiales, de universitarios, de gremios profesionales, además de las clásicas "fraternidades" que son las que participan en los actos oficiales. El sincretismo y la fusión de estas manifestaciones se evidencia en el hecho de que los mismos bailes sirven igual para el carnaval como para las celebraciones religiosas. Yo tuve la oportunidad de verlos en Quillacollo, en la llamada "Entrada de Urkupiña", el desfile que se organiza todos los 14 de agosto en honor a la Virgen del mismo nombre. Al día siguiente acudí a la ermita, y el espectáculo que pude contemplar no fue menos fascinante. Miles de personas celebraban k'oas en pequeñas parcelas de tierra alquiladas, como símbolo de sus propios hogares. Con martillos partían piedras del cerro para conservarlas como amuleto. Además de todo tipo de comida y abundante cerveza, en los puestecillos se vendían casitas en miniatura, locutorios, tiendas de abarrotes; falsos fajos de dólares, euros y soles; pasaportes y billetes de avión; certificados de indulto para los familiares que estuvieran presos; licencias matrimoniales y títulos universitarios... todo según el deseo que cada cual quisiera pedirle a la Virgen de Urkupiña. Según me contaron, deben guardar estos objetos durante un año en un altarcito doméstico, junto con trozos de piedra del cerro, y devolverlos al año siguiente si quieren que la Virgen atienda sus peticiones. En medio de un ambiente de feria, con parque de atracciones para los niños incluido, uno podía hacerse leer su destino en las cartas o en las hilachas del hierro fundido, o bien adquirir pequeñas piedritas de colores, bendecidas por la Virgen, como protección para la buena salud, para el amor, para el dinero, para los viajes. De más está decir, si no es por fe o superstición al menos que sea por precaución, que una pequeña piedrita de color verde me acompaña desde entonces.