"La diferencia entre un turista y un viajero reside en que cuando un turista llega a un sitio sabe exactamente el día que partirá. El viajero, sin embargo, cuando llega a un lugar, no puede saber si acaso se quedará allí el resto de su vida" Paul Bowles.

lunes, 28 de febrero de 2011

Leyendo a Sabato en Arequipa


Son millones los que están resistiendo, vos mismo lo podés comprobar cuando ves a esos hombres y mujeres que se levantan a altas horas de la madrugada y salen a buscar un empleo, trabajando en lo que pueden para alimentar a sus hijos y mantener honradamente al hogar, por modesto que este sea. ¿Te detuviste a pensar cuántos en todo el país comparten esta hambre por la dignidad y la justicia?

Ernesto Sabato. Antes del fin. Buenos aires, Seix Barral, 2004.

martes, 22 de febrero de 2011

Nazca (Violeta y Vane)



Vine a Nazca para ver las líneas, pero me gustó más conocer a Violeta y a Vane.

Las Líneas de Nazca, como muchos sabréis, son unos inmensos dibujos que los miembros de la llamada cultura nazca se entretuvieron en trazar en el desierto, entre el siglo 200 a.c. y el 600 d.c. Sus dimensiones oscilan entre los 250 metros y los dos o tres kilómetros de largo, por lo cual sólo son discernibles desde el aire (de hecho, sólo se descubrió su existencia cuando los primeros vuelos militares y civiles comenzaron a recorrer la zona). Los dibujos más modernos son figuras geométricas simples, pero los más antiguos representan animales y figuras antropomorfas muy originales (la decoración de la excelente cerámica nazca tuvo una evolución similar). La función de estos geoglifos, únicos en el mundo, ha suscitado todo tipo de peregrinas teorías, pero hoy en día prevalecen como las más rigurosas dos de ellas: la clásica de Paul Kosoc y María Reiche, que creen que sirvieron como gigantesco calendario astronómico; y otra más reciente que afirma que tienen que ver con el culto al agua. Dado que los geoglifos se dibujaron a lo largo de más de 800 siglos, y lo distintos que son en su diseño, es posible que hayan servido para estas dos funciones, en distintas épocas.




Desde su descubrimiento, la líneas de Nazca han atraído a infinidad de curiosos, y en la actualidad el 40% de la pequeña población que les da nombre vive, directa o indirectamente, del turismo. El 2010 no ha sido un buen año para Nazca. Dos avionetas turísticas sufrieron trágicos accidentes, y otras tuvieron que realizar atrrizajes forzosos por problemas mecánicos. Incluso una fue secuestrada en vuelo, y trasladada a la selva para dedicarla al narcotráfico. Al final, el gobierno peruano mandó hacer una inspección y descubrió que la mayoría de las avionetas no reunían condiciones para volar. Muchas tenían más de cincuenta años, y llevaban mucho tiempo sin pasar revisiones. En la actualidad sólo tres compañías tienen permiso para ejercer, lo que ha disparado los precios, y las medidas de seguridad en el pequeño aeródromo de Nazca son similares a las de cualquier aeropuerto internacional. Me habían avisado de que sería caro volar y de que, aún así, era probable que no hubiera plazas. Violeta me lo resolvió. Ella me consiguió una plaza de bajo coste, y pude ver las líneas, aunque las fotos que he puesto arriba las he sacado de internet, porque con el corto objetivo de mi cámara no salían bien. Al día siguiente también contraté con ella una visita guiada al cementerio nazca (estas fotos sí son mías).







Violeta tiene diecisiete años, y es la responsable en exclusiva de un agencia turística, cuyo dueño vive en Lima. Es una chica seria, reconcentrada y contenida, que se maneja como si tuviera mucha más edad de la que tiene. No en vano trabaja desde los doce años, en puestos callejeros de comida y tiendas de ropa. Desde que terminó la secundaria hace ocho meses, trabaja a tiempo completo en esta agencia, pero su afán es matricularse en Turismo y poder estudiar idiomas para afianzarse en la profesión. Para ello tiene que hablar con su jefe y conseguir una reducción horaria, algo que ve difícil. La madre de Violeta es “jaladora” (así le llaman a las personas que esperan a los turistas en las estaciones de autobuses con folletos y ofertas para convencerlos de que acudan a una agencia o un hotel determinado, a cambio de una comisión) y Violeta alberga la esperanza de tener un futuro más cualificado. Cuando estuvimos en el aeródromo, un pequeño inconveniente hizo que estuvieramos más de tres cuartos de hora esperando un taxi para volver al pueblo. Violeta se puso claramente muy nerviosa, aunque durante la espera comenzó a charlar conmigo, y se fue tranquilizando. Luego me dijo que los turistas españoles se quejaban siempre mucho y eran muy exigentes, y que había tenido miedo de que yo protestara por la espera. Violeta, como he dicho, se maneja en su profesión como una mujer, pero es fácil darse cuenta de lo que en realidad es: una niña abrumada por responsabilidades de adulto, y por un futuro incierto.

Estamos en temporada baja, y Violeta no tenía mucho trabajo, ni en Nazca hay gran cosa que hacer. Así que pasé dos tardes muy agradables charlando con ella en su oficina. Con ella y con su amiga Vanessa, que se pasa por allí a visitarla. Vanessa, Vane, de dieciocho años, es una chica alegre y bromista, siempre con una sonrisa en los ojos. Trabaja por las mañanas en un locutorio telefónico, haciendo recargas y atendiendo las cabinas. Gana 240 soles, que evidentemente no le llegan para nada, y en un momento de la conversación se echa a llorar y confiesa que su padre le dice que si no puede aportar a la casa ya puede ir buscándose otro sitio para vivir. Dice que su padre es un borracho, un estorbo, pero que su mamá le da la razón en todo, y que tampoco ella la mira bien. Que nunca ha tenido un regalo de cumpleaños, que ninguno de los dos ha sido nunca cariñoso con ella. Que le gustaría irse a vivir con su hermana, pero que no puede hacerlo porque su hermana vive en medio del desierto, a una hora andando de la ciudad. En Nazca, al parecer, mucha gente vive en el desierto. Son, según la expresión de Vane, impregnada de un dramatismo adolescente, “los olvidados de Dios”.

Dije antes que el 40% de la población de Nazca vive del turismo. Por Vane, y por el guía que al día siguiente me acompañó al cementerio nazca, me entero de que el otro 60% vive de la agricultura o de la minería. Agricultura de subsistencia en el pequeño oasis que que crece en las orillas del río Nazca. Minería artesanal en las ancestrales minas de oro de los cerros cercanos. Estos buscadores de oro, que no sufren otra fiebre que la de la supervivencia, venden su material en bruto y al por menor a intermediarios de Nazca, que luego lo mandarán a Lima para su tratamiento y refinación. Agricultores y mineros viven allí, en medio del desierto, dedicados a las mismas labores que los remotos antepasados que trazaron las famosas líneas. Y en medio del desierto, al lado del antiguo cementerio nazca que yo visité, entierran a sus muertos.


Violeta le ofrece un pañuelo de papel a Vane, y la mira grave y largamente. Ella gana 700 soles, y se lleva mejor con sus papás, pero también sabe que si no aporta en la casa, pocas oportunidades le iban a dar. Vane no es demasiado guapa, ni parece demasiado inteligente; ni, me temo, tiene demasiada constancia (el año pasado comenzó a estudiar Turismo, pero lo dejó. Ahora quiere matricularse otra vez, pero también necesitaría una reducción de horario en su trabajo); pero tiene, Vane, la frescura de la juventud, y un inagotable optimismo. Vane tiene la piel dura. A los pocos minutos de su llantina ya está bailando músicas tradicionales que busca en You tube, riendo a carcajadas, y enseñándome los pasos. Violeta sonríe desde su butaca de directora de agencia. Ya de noche, Vane me acompañó al centro para mostrarme dónde había un ciber con lector de cd que yo necesitaba y, cuando me ofrecí a acompañarla a su casa, me dijo que mejor que no, que en su barrio había mucho borracho, y podía tener problemas a la vuelta. La creí.

Vane se queja de que siempre tiene hambre, y de que se le hacen eternas las horas en el locutorio, sin poder salir a comer. Al día siguiente fui a visitarla y le llevé una pequeña empanada de carne. Se puso muy contenta.

He hablado sin pudor de Violeta y de Vane porque es casi imposible que ni ellas ni nadie de su entorno lleguen nunca a leer esto. Por si acaso, de todos modos, he usado nombres ficticios y no publicaré sus fotos. Vane y Violeta son muy distintas, pero en las dos encontré la misma capacidad de resistencia, el mismo espíritu de lucha, la misma conciencia agonística de la vida que las hará, espero, sobreponerse ante las adversidades, y disfrutar plenamente de aquello de bueno que ellas se sepan forjar. Vane y Violeta. Mucha suerte a las dos.

sábado, 19 de febrero de 2011

Una buena noticia

Los que hayáis estado leyendo los artículos que en su día publiqué sobre mi estancia en Ecuador (sobre todo el titulado "Negra Amazonía") comprenderéis lo excelente que es para mí la noticia que podéis leer pinchando en el enlace. Excelente noticia para mí, pero sobre todo para muchas personas que conocí en ese país, y que se merecen llevarse esta alegría. Mi enhorabuena a todos ellos.

jueves, 10 de febrero de 2011

En el parque del amor (Reflexiones)

 "En las ciudades no hacen monumentos a los amantes"

Este es el verso de Antonio Cillóniz que se puede, paradójicamente, leer al pie del “monumento a los amantes” del escultor Victor Delfín, y que probablemente fue el que lo inspiró. Se trata del Parque del Amor, inugurado el 14 de febrero (cómo no) de 1993 en el malecón del elegantísimo barrio de Miraflores, en Lima. Es un lugar encantador, rodeado de mosaicos en los que pueden leerse infinidad de versos de amor, muy originales por cierto y nada conocidos (“Te desvestiré/como quien pela una fruta”). Es una delicia sentarse a ver aquí atardecer.

Al aroma de maní acaramelado

He llegado a tus asientos ondulados

Como cuerpos acostados

¡Parque del Amor!



Apoyadas en Vallejos y Nerudas

En sus versos que son confesiones mudas

Las parejas ni se enteran

De la gente que pasea

Por El Parque del Amor



Mira versos, mira flores

Que hay que hacerse el distraído

Esperando que nos caiga una flecha de Cupido

Y enamorarse del lugar, de esa esquinita frente al mar.

El Parque del Amor.

(Olga Milla)


Rodeado de tanto verso amoroso volvió a venírseme a la mente el huayno quechua que pocos días antes había leído, traducido por el gran José María Arguedas, e incluido en uno de sus cuentos:



No quieras hija mía a hombres de paso,

a esos viajeros que llegan de pueblos extraños.

Cuando tu corazón esté lleno de ternura,

Cuando en tu pecho haya crecido el amor;

Esos hombres extraños darán media vuelta y te dejarán.

Más bien ama al árbol del camino,

a la piedra que estira su sombra sobre la tierra.

Cuando el sol arda sobre tu cabeza,

Cuando la lluvia bañe tu espalda;

El árbol te ha de dar su sombra dulce,

la piedra un lugar seco para tu cuerpo.

(José María Arguedas “Los escoleros” en Agua y otros cuentos. Literatura Peruana, Lima, 2005.)


Desde que los leí, esos versos de diamantina dureza me acompañaban sin descanso, y no sólo por lo que se desprende de su lectura evidente, sino por lo que, para mí, dicen de la mentalidad del mundo quechua. En la civilización occidental la vida siempre se ha relacionado con el movimiento, el cambio, la evolución. Por eso, desde Heráclito, la gran metáfora occidental de la vida es el río, y cualquier forma de agua estancada (“agua que no desemboca” para García Lorca) es la muerte.


Nuestras vidas son los ríos

Que van a dar en el mar

Que es el morir.

(Jorge Manrique)


Para la mentalidad quechua, sin embargo, la vida es inmutabilidad, perpetuidad, eterno presente. Y sus símbolos el árbol; la piedra; los cerros; la montaña; la laguna.


Es cosa triste ser río

Quién pudiera ser laguna ...

Oir el silbo del junco

Cuando lo besa la luna ...


Qué cosas más parecidas

Son tu destino y el mío:

Vivir cantando y penando

Por esos largos caminos.


Tú que puedes, vuélvete ...

Me dijo el río llorando.

Los cerros que tanto quieres,

-me dijo-

Allá te están esperando.

(Atahualpa Yupanqui)


Como me comentaba, días más tarde, Maritza Guadarmino en Puno, “Para nosotros el futuro está delante, y el pasado detrás. Para ellos, sin embargo, el futuro está detrás, y el pasado es su presente”. De este modo el viaje, la actividad más futurible de todas, que desde la antigua Grecia (Ulises, Jasón, Teseo…) ha gozado de un enorme prestigio en el mundo occidental, en la mentalidad andina se siente como una condena, y al viajero como un condenado.


Del cerro vengo bajando.

Camino y piedra.

Traigo enredada en el alma, viday

Una tristeza.



Me acusas de no quererte.

No digas eso.

Tal vez no comprendas nunca, viday

Por qué me alejo.



Por más que la dicha busco,

Vivo penando.

Y cuando debo quedarme, viday

Me voy andando.



A veces soy como el río,

Llego cantando,

Y sin que nadie lo sepa, viday

Me voy llorando.



Es mi destino,

Piedra y camino.

De un sueño lejano y bello, viday

Soy peregrino.

(Atahualpa Yupanqui)


Piedra y camino. No quieras hija mía a hombres de paso… Estas eran las cosas que me pasaban por la cabeza, Ana María (“Ya lo leerás", te dije) cuando me acompañaste a hacer fotos, aquel domingo, al Parque del amor. A ti va dedicado este artículo.



lunes, 7 de febrero de 2011

Salimos en la tele (2)

Aquí está el enlace a la segunda parte del programa de Televisión Española "Acción directa", que trata del viaje solidario de ASPA en el que participé en agosto de 2010, y que fue coordinado por mi hermana Diana. Yo creo que ha quedado muy bien. Si queréis leer todos los artículos que he publicado sobre este viaje y los proyectos y contrapartes que ASPA mantiene en Ecuador, así como la primera parte del programa, podéis hacerlo pinchando en la etiqueta ASPA, abajo del todo.

domingo, 6 de febrero de 2011

Resumen y agradecimientos

Llegamos aún de día a Pucallpa, y pude pasar la Nochebuena con toda la familia de mi amiga Amparo Sangama, en concreto en casa de su hermana Celina y su cuñado Pepe, que me ofrecieron durante unos días su hospitalidad. Pepe tiene una pequeña empresa de comercio de madera a través de los ríos de la cuenca amazónica peruana, y durante las comidas me contó unas preciosas anécdotas sobre sus experiencias con los indígenas shipibos,  y sobre cómo había crecido Pucallpa desde que inauguraron la carretera que la conecta con Lima. Mi agradecimiento a él, a Amparo y a toda la familia Sangama por su amabilísima acogida.
En Lima pasé una divertida noche de año nuevo con la familia de Sonia Farfán, y durante una semana me alojé en casa de su cuñado Carlos, que me ayudó muchísimo a desplazarme por la caótica capital de Perú (aunque determinadas reformas han logrado que el tráfico esté mucho más organizado que cuando estuve en 2007), y a resolver algunas gestiones que tenía que hacer allí. Mi agradecimiento también a todos ellos.
Inasequible al desaliento, en Lima me compré un mini-portátil de 10 pulgadas, desde el que he escrito los artículos que he venido publicando, y en el que estoy escribiendo en este momento (ya he comprobado que en los cibers me resulta muy difícil redactar), y una cámara compacta que cabe en un bolsillo, una Samsung EX1, pero que tiene un excelente objetivo Scheneider Kreuznach muy luminoso (f 1.8) y con la que se puede trabajar en manual. Es sobre todo apta para fotografía panorámica y callejera (tiene una pantalla abatible que permite sacar fotos de una manera muy discreta) pero en el lago Titicaca ya le había cogido el tranquillo y he hecho un par de retratos que me satisfacen, y que publicaré en su momento. En todo caso, me temo que mi carrera como fotógrafo tendrá que esperar a mi vuelta a España para seguir desarrollándose. A cambio estoy viajando muy ligero de equipaje y con bastante más tranquilidad.
De Lima hasta Chile, donde me encuentro ahora, he venido haciendo un placentero turismo convencional, visitando las maravillas que todavía no conocía de ese magnífico país que es Perú. Publicaré a partir de ahora una serie de postales  de los sitios que he conocido, esperando ponerme pronto al día y sincronizar mi viaje con la redacción de este blog (avisaré cuando ello se produzca).

miércoles, 2 de febrero de 2011

Remontando el Ucayali

A pesar de las negras expectativas que tenía cuando escribí sobre un cuaderno el texto anterior, el viaje por el Ucayali hasta Pucallpa resultó muy apacible y, junto al que efectué hasta el desierto a través del valle del Draa, en Marruecos (¿te acuerdas, Carmen?), ha sido también el de mayor belleza plástica que yo haya realizado. Esta ruta está mucho más transitada, hay barcos todos los días, por lo que no había lugar a las apreturas que sufrimos en el “San Martín”, y apenas viajaba ganado a bordo. Aunque durante el día sí hacía mucho calor, por la noche se podía dormir en el camarote bastante bien, y sólo vi una cucaracha en los cinco días de travesía. Los que disponíamos de camarote no teníamos que hacer cola: el camarero nos traía la comida en un plato. Incluso los vecinos de hamaca se portaron y no pusieron demasiado reaggeton, y sí abundante bachata, que acompañaba dulcemente las espléndidas vistas.

El río Ucayali en este tramo es bastante estrecho y, al parecer, muy profundo. Se revuelve en infinidad de curvas, por lo que casi siempre navegábamos rozando una de las orillas. Las aves se asustaban y echaban a volar de las copas de los árboles a nuestro paso. A menudo, también, las veíamos hundirse en el agua del río, e inmediatamente volver a salir con algún pececillo colgando de su pico.

Es zona de abundante pesca. A menudo parábamos en preciosas aldeas de casas de madera y techos de paja, rodeadas de plátanos y palmeras. En los improvisados muelles tienen preparadas las cajas donde el pescado (bagre, bocachica, tilapia…) se conserva entre bloques de hielo, recubiertos de cáscaras de semillas que por lo visto impiden que se descongele. Las muchachas contemplan, meciendo a sus hermanos pequeños, cómo los hombres suben las cajas al barco, y las mujeres se pasean por cubierta, vendiendo cocos repletos de un agua dulcísima, pescado ahumado, y unas huevas de pescado aliñadas y envueltas en hojas de palma que es de las cosas más deliciosas que yo he probado en mi vida. Los niños se arrojan al agua a recoger algunas botellas de plástico que los pasajeros han tirado, sin duda para poder venderlas después. Cuando nos damos cuenta, todos comenzamos a arrojarles botellas para que las recojan. Se produce una festiva competición entre ellos por ver quién llega, nadando, antes a cada botella. Una competición por puro placer, porque todas van a terminar a la misma canoa, que otro muchacho conduce a remo. Yo echo mucho de menos mi cámara.

Mi vecino de hamaca, un joven policía nacional que se conoce todos los ríos de la frontera al dedillo, y que viaja a Contamaná a reunirse con su esposa por navidad, comprende mi arrobamiento estético y me explica lo que yo ya sospecho. Esa estampa tan idílica es engañosa. La vida es muy dura en esas pequeñas aldeas. Sin luz, sin agua corriente, sin médico, sin colegio. Sin ningún contacto con el exterior. Sólo unas cuantas casas de madera y techos de paja, rodeadas de plátanos y palmeras. El río al frente y la selva al fondo. De hecho, muchos vienen sólo dos, tres semanas, un mes, para pescar. Luego vuelven a sus verdaderos hogares, en pueblecitos también bastante aislados, pero en los que al menos disponen de servicios mínimos, y de varias horas de electricidad al día, como Requena o Contamaná. Un puñado de familias, sin embargo, vive aquí siempre.

El policía me indica las zonas del agua donde hay bancos de pescado. Se detecta, al parecer, fácilmente por el movimiento de la superficie. Yo soy incapaz de ver nada.

La gente es tranquila y no demasiado habladora, pero sí muy cortés, y siempre hay algún momento para presentarse y que te cuenten, más o menos, su vida. Muchos son comerciantes. Comerciantes informales. Un chica de veinticinco años, que ya parece una señora, lleva siete recorriendo en barcos de carga el Napo, el Amazonas y el Ucayali, comerciando en las comunidades con cacharros de cocina y otros artículos de primera necesidad que compra en Iquitos. Es la primera vez en siete años que puede regresar a casa de sus padres por navidad. Otro comercia con ropa, pero en esta ocasión va, por desgracia, ligero de carga: en Lima, a punta de cuchillo, le robaron toda la mercadería antes de coger el autobús.

Los últimos días, el mayor tema de conversación era si llegaríamos a tiempo a Pucallpa. Llegamos el 24 de diciembre pero, si cae la noche, todos están de acuerdo en que hay que quedarse a pasar la nochebuena a bordo. El muelle queda a tres kilómetros de la ciudad, y es prácticamente imposible sortear de noche esa distancia, ni siquiera en mototaxi, sin que te asalten.

Siempre hay niños jugando entre las hamacas, gente jugando a las cartas, siempre hay una mujer dando el pecho a su bebé, siempre hay una niña de siete u ocho años a su lado, que la obedece y la ayuda en todo. Una muchacha ha encontrado el modo de amortizar su viaje, dedicando las largas horas de travesía a hacer la manicura y la pedicura a las pasajeras que se lo requieran. Debió correrse la voz, y no hubo un momento que no la viera trabajar.

Por las tardes subo al techo de la nave, a contemplar el anochecer. Los niños juegan a hacer equilibrios sobre las tuberías, recortados sobre un fondo de elemental belleza. La selva dorada, el agua verde, y el cielo rojizo y cambiante. Hasta el humo de la chimenea y el ruido del motor acompasan este momento de intensa placidez. Tengo que comprarme una cámara.

Muelle de Iquitos

Barro, basuras, madera. Tablas de madera en el suelo para que el barro no llegue a los tobillos. Montones de basura por todos los rincones. Inmensas pilas de troncos de árbol, movidos por grúas. Destartalados comedores en casuchas de madera, con barbacoas que despiden una fétida humareda. Hostales infectos, todos con dos carteles en la puerta: uno que dice “Atención las 24 horas” y otro alertando de las penas en vigor existentes contra el abuso sexual infantil. Gente por todas partes: mujeres vendiendo hamacas, soga, botellas de agua, de coca-cola, de inka-cola, juanes, papel higiénico… desocupados que intentan ganarse unos soles cargando el equipaje de algún pasajero, buscavidas, descuideros, empresarios, marineros, vagabundos, pescadores, familias rodeadas de niños y de bultos, y cargadores. Decenas de cargadores llenando y vaciando a puro lomo y espalda decenas de barcos viejos y medio oxidados. Mis compañeros han volado a Lima y yo estoy solo de nuevo, en el muelle de Iquitos.

Subo al “Henry V”, que me va a llevar a Pucallpa a través del río Ucayali, y me tumbo en mi hamaca. Me he bebido dos cervezas en un tugurio, pero no logro estar de buen humor. Quedan cuatro o cinco horas para que parta el barco, y la cubierta está ya atestada. Estoy cansado. Cansado del hacinamiento, del olor, del ruido (en este barco no hay gallos, pero prefiero escuchar su canto al reggaeton que tienen puesto, a todo volumen, mis vecinos). Niños y adultos beben en vasos de plástico de enormes botellas de coca-cola de 3,3 litros. La coca-cola aquí, como en los propios Estados Unidos, es bastante más barata que el agua. Vasos y botellas terminarán, sin duda, flotando en el río.

Las vendedoras sortean las hamacas voceando su mercancía. La gente ha dispuesto sus cajas y equipajes más grandes debajo de sus hamacas, bien amarradas a los postes metálicos, y permanecen abrazados a sus efectos personales de más valor. Dormirán todas las noches abrazados a sus bolsos y sus cajas, para que no se los roben. En este barco hay camarotes, y yo me he gastado el dinero en tener uno solamente para poder guardar mis cosas, porque sospecho que las cucarachas y el calor me impedirán dormir en él. Aunque ya no tenga portátil ni cámara, demasiado sé que hasta las chanclas de plástico que dejo a los pies de mi hamaca me pueden faltar al día siguiente (en la travesía por el río Napo, a pesar de que nos cedieron una pequeña cabina para guardar las mochilas, desaparecieron los zapatos de Alex y la linterna de René. Una linterna que puede costar veinte o treinta soles. Unos zapatos talla 45 que ningún peruano se podrá poner. Todos los que viajaban en ese barco habían pagado cien soles por su pasaje, y ninguno se privaba de cerveza, tabaco, pasteles o coca-cola según los gustos. No son menesterosos. Empiezo a pensar que lo que hay en estos países es una enfermedad moral que abarca desde las clases más bajas a las más altas, si no son estas últimas las que la contagian).

Me bajo de la hamaca, y dos muchachas ríen azoradas porque piensan que me dirijo hacia ellas. Estoy cansado, también, de ser el centro de atención. Salgo a la popa y me asomo a la borda. El agua a mi alrededor está negra de petróleo, y presenta grandes manchas brillantes que seguramente son de aceite. Por todos lados flotan bolsas, botellas y hasta una silla rota de plástico. Levanto la vista del agua. Miro al frente y me encuentro, a lo lejos, con la línea de selva. Entonces recuerdo dónde estoy. Estoy donde Orellana. Donde Ursúa. Donde Pedro de Texeira. En esto ha quedado, el río Amazonas.

domingo, 30 de enero de 2011

Salimos en la tele

Interrumpo la cronología de mis andanzas para informaros de que ya se ha emitido el primer capítulo del programa "Acción Directa", en Televisión Española, que cubre el viaje solidario a Ecuador organizado por ASPA, y coordinado por mi hermana Diana, en el que participé durante agosto de 2010. La productora ha sido muy respetuosa con el espíritu de los proyectos, y ha dado amplio espacio a los testimonios sobre las problemáticas enfrentadas en cada sitio. En este blog tengo publicados artículos sobre todos estos proyectos (Olmedo, Las Salinas, El Mirador y Sarayaku) y en el programa salgo haciendo la foto a Anaín que figura en el artículo de este blog del mismo nombre. También se puede ver a Matilde Maestro haciendo las fotos en Sarayaku el día de la pesca que también he publicado en el blog. Yo creo que el montaje ha quedado muy lucido y mi hermana, como era de esperar, aparece brillante y encantadora. Para ver el programa, pinchad en este link: 

http://www.rtve.es/alacarta/#1001617

El próximo domingo seis de febrero se emite en España el segundo capítulo, en el que aparecerán los talleres de teatro que realizamos en Las Salinas y El Mirador, en colaboración con Acción Ecológica. Colgaré también el link.

viernes, 28 de enero de 2011

A bordo del "San Martín" (2)

 
Fotos: René Roesler y Alex Dubufett

Este muchacho que posa con un insecto palo en su cabello es Gilbert, tiene quince años y ya lleva tres trabajando como cargador en el “San Martín”. Se pasa el día, con otros dos o tres chicos más o menos de su edad, acarreando plátanos, sacos y cajas de la orilla a la borda, y aún le quedan ganas de bromear constantemente con sus compañeros. Las vacas y los búfalos los enlaza personalmente el capitán con ayuda de su tripulación más adulta, y algún que otro espontáneo.


 Una tarde el capitán me contó que el barco no era de su propiedad, y que por eso estaba tan viejo, porque el dueño no quería hacer reformas. Me dijo que él tenía antes un barco mucho más bonito, pero que se lo decomisaron porque lo detuvieron cargando 4.000 galones de gasolina blanca, procedente de Ecuador. “La gasolina en Ecuador es mucho más barata que en Perú, y por eso yo la llevaba para usarla de combustible para mi barco pero, claro, está prohibido llevar esa cantidad en un barco con pasajeros”. Ahora, además, está pendiente de juicio y lo más probable es que en dos o tres meses le quiten la licencia de patrón. Pienso que es absurdo que me cuente esa media verdad, y no puedo evitar relacionarlo con el capitán asesinado por los narcotraficantes del que me hablaron en Nuevo Rocafuerte. La gasolina blanca son los residuos de las extracciones petrolíferas, y es un componente esencial para, mezclada con la hoja de coca, elaborar la “pasta base” con la que se elabora la cocaína. Como en Ecuador hay tantas extracciones petrolíferas, el contrabando de gasolina blanca hacia Colombia y Perú es muy frecuente. Cuatro mil galones, calculé después, son más de diez mil litros. Cometí el error de comentárselo, y me respondió secamente: “Sí, claro. Aparte, se considera contrabando”. En el resto del viaje no volvió a dirigirme la palabra.

Entre las doce y las cuatro el calor es realmente asfixiante. Entra uno en un aturdimiento tal que ni siquiera puede concentrarse en la lectura. Sólo cabe resistir tumbado en la hamaca, esperar que pase el tiempo, y procurar no preguntarse mucho qué es lo que uno ha ido a hacer allí. En todo caso, la respuesta llega a partir de las cuatro, cuando el sol baja y comienza a teñir la selva de tonos dorados, las bandadas de loros atraviesan el río muy cerca de nuestras cabezas y, hasta que anochece, se produce un incesante fluir de contrastes cromáticos en el cielo. Entonces sí. Entendemos. Qué hemos ido a hacer allí.
 Foto: Eduardo Civila

El penúltimo día, quinto de viaje, el ambiente entre el pasaje estaba muy enrarecido. No sería el primer barco que naufraga por exceso de carga, y todos lo sabían. Cada vez que parábamos la gente gritaba: “¡Patrón, no más carga!” “¡No más carga, patrón!”. Hubo algunos altercados y un pasajero llegó a tener un enfrentamiento físico con un miembro de la tripulación. Yo me preguntaba hasta qué punto podría poner en riesgo nuestras vidas, y la suya propia, un capitán que ya ha sido capaz de cargar diez mil litros de gasolina en un barco de pasajeros, y que sabe que en dos o tres meses se va a quedar sin trabajo. 

En la mañana del último día arribamos a Mazán, donde es posible atravesar en motocarro el pequeño istmo que separa en ese punto el Napo del Amazonas, y ya en el gran río tomar una lancha rápida hasta Iquitos, ahorrándonos nueve o diez horas de viaje. Se produjo una desbandada general y todo el que pudo, incluidos el empresario y parte de la tripulación, abandonó el barco. Esa noche, mientras el “San Martín” de seguro continuaba aún su perezosa travesía, nosotros, duchados y descansados, cenábamos en la Casa de Hierro, y reíamos a carcajadas recordando anécdotas del viaje. No creo que nadie que llegue a Iquitos en avión pueda disfrutar tanto de verse allí.

 Foto: Eduardo Civila

A bordo del "San Martín" (1)

Fotos: René Roesler y Alex Dubufett



 El “San Martín”, aunque muy desvencijado, tiene la misma disposición que todos los barcos de carga y pasajeros que surcan los ríos de la cuenca amazónica. El piso inferior es para la carga, normalmente de plátanos y ganado (vacas, toros, gallinas y cerdos). En el piso intermedio y en el superior viaja la gente, tumbada en sus hamacas. En el piso intermedio está la cocina, dos habitáculos con un retrete y una ducha y, al lado, un lavabo y un espejo. Hay también una pequeña bodega donde se vende cerveza, botellas de agua y chucherías. Cada pasajero debe llevar consigo una cuchara y un recipiente de plástico,donde se le vierte la comida tres veces al día. Tuvimos la suerte de que, al segundo día de viaje, murió una vaca asfixiada o pateada por sus compañeras.  En un par de horas la descuartizaron, y desde ese momento tuvimos en cada rancho buenos trozos de carne, junto a los frijoles, el plátano y el arroz.



Siendo el “San Martín” el único barco que bajaba el río Napo en todo el mes de diciembre, y con la inminencia de las fiestas, ya imaginábamos que íbamos a estar apretados. De Pantoja salimos apenas ocho o nueve personas pero, al segundo día, ya parecía que en el barco no cabía nadie más (paulatinamente fuimos comprobando, sin embargo, que siempre cabe alguien más). Las hamacas iban tan juntas que no podían mecerse, y dormíamos literalmente encajonados. Como a mi derecha dormían en la misma hamaca una señora con sus dos hijos, y a mi izquierda un matrimonio, siempre había un codo o una rodilla clavados en alguna parte de mi cuerpo. Había hamacas superpuestas a distinta altura del suelo, y otras colocadas sobre las barras del puente, entre la borda y el agua. Debajo de mi hamaca se acomodó en el suelo, sobre una estera, una delgadísima anciana indígena con piernas de adolescente. Dedicaba el día a tejer, ausente de todo, y yo tenía que andar con mucho cuidado al subir y bajar de mi hamaca para no pisarla. El resto del piso estaba cubierto de cajas, maletas, pavos, gallinas y gallos que no dejaban de cantar en ningún momento del día o de la noche. No exagero si digo que más de una vez tuve que gatear por debajo de las hamacas y entre las cajas para poder llegar a la escalera que me llevaba al piso inferior. Hasta que se acabó la cerveza, siempre hubo algún borracho dispuesto a animar las madrugadas. Una noche uno estuvo a punto de vomitar encima de mí, pero en el último momento logró llegar, trastabillando, a la borda. Otra noche otro se acostó por error en mi hamaca, encima de mí, y tuve que zarandearlo un buen rato hasta que se despertó y se fue a buscar la suya.





Se avanza muy despacio, parando constantemente para recoger más animales, carga o pasajeros. Por el Napo no hay apenas comunidades. Los campesinos viven en chozas aisladas y, desde la orilla, ondean un trapo para avisar al timonel de que se acerque. En el barco viaja un empresario de oronda barriga y gorra de beisbol que se baja y negocia con los campesinos el precio de sus plátanos y su ganado, que luego él venderá en Iquitos. En las embocaduras de los afluentes los campesinos esperan (imagino que durante días, porque nadie puede saber cuándo pasará el barco por allí), en sus canoas repletas de plátanos. En una ocasión Alex y yo pudimos ver cuánto pagaba por sus plátanos el empresario al dueño de una de estas canoas. Treinta soles. Poco más de diez dólares.

Foto: Eduardo Civila



El mayor espectáculo es cuando hay que cargar búfalos. La tarea lleva mucho tiempo y cuidado. Hay que enlazar desde lejos al animal y lograr tumbarlo para atarle las patas y subirlo después a rastras a bordo. Cuando el búfalo se desmanda, la gente se tira al agua, y muchas veces el búfalo también termina en remojo. 




De noche no se interrumpe esta rutina, sólo que ahora los campesinos avisan de su posición haciendo señales con la linterna. René y yo acostumbrábamos a pasar horas en la proa, con una cerveza mientras hubo, disfrutando del frescor de la noche, y jugando a descubrir los puntitos de luz en las orillas. “Allí hay otro”. “Mira, otro”. “Al fondo hay otro más”… 

domingo, 16 de enero de 2011

Pantoja

Fotos: René Roesler

En Pantoja encontramos a René, un alemán estudiante de Ciencias Políticas que llevaba ya cuatro días en el pueblo esperando la llegada del barco de carga que nos llevaría a Iquitos. René es simpático y abierto y cuando llegamos conocía ya prácticamente a todos los habitantes de Pantoja, así que nos adaptamos muy rápido a la forma de vida del lugar. Pantoja es un cúmulo de viviendas que ha crecido alrededor de la guarnición militar que custodia la frontera. Según nos dijeron, consta de 520 habitantes “incluido niños” (la precisión no es baladí, porque es posible que más de la mitad de la población tenga menos de 10 años). En Pantoja las mujeres trabajan en las múltiples faenas domésticas; los niños se bañan en el río, se suben a los árboles a coger fruta y juegan a las chapas; y la mayoría de los hombres básicamente bebe cerveza. Según nos dijeron, una empresa extractora de petróleo ha obtenido hace poco la concesión de la zona y lleva algún tiempo realizando tareas de exploración. El pueblo está subvencionado desde entonces por la empresa, así que pocos motivos de preocupación tienen en Pantoja, de momento (cuando comiencen las labores extractivas, por desgracia, será otra cosa). Una tarde, por hacer algo, René, Alex y yo quedamos con Nicolás, un señor de allí, para dar un paseo por la selva a cambio de unos cuantos soles, pero cuando llegamos al día siguiente a las ocho de la mañana Nicolás ya había bebido demasiada cerveza, y no estaba en condiciones de hacer de guía. Fuimos por nuestra cuenta hasta donde pudimos. Al regreso, Nicolás y sus amigos, ya bastante contentos, nos invitaron a una cerveza, y nos dijeron que la ruta que habíamos hecho era la misma por la que él nos pensaba llevar.


La permanente fiesta que se vive en Pantoja se anima especialmente los jueves, cuando el pueblo se llena de indígenas y colonos que llegan en sus canoas para vender sus productos agrícolas y comprar enseres manufacturados en las tiendas del lugar, y también a los vendedores que vienen desde Nuevo Rocafuerte y montan sus puestecitos a lo largo de la calle principal. Entonces las mujeres se dedican a regatear y sus maridos, que han venido manejando la canoa, beben cerveza con los lugareños. Hay que decir que en Pantoja la gente tiene un carácter muy afable, y las borracheras que cogen son chispeantes y graciosas, propensas al baile, el cante y a divertidas e incoherentes conversaciones. Han sido unos días muy agradables, en Pantoja.



Alex, Charlotte, René y yo, sin embargo, preferíamos la mayoría de las veces esperar a la noche para empezar a beber cerveza. Durante el día holgazaneábamos en la hamaca y leíamos. Comíamos la comida que preparaban en una de las casas para los trabajadores de la empresa petrolera y, a las cinco de la tarde, cuando el calor menguaba, jugábamos al fútbol. En Pantoja tienen la costumbre de poner dos soles cada jugador, el equipo que gana se lleva todo el dinero y lo destina, cómo no, a beber cerveza. Alguna ronda gratis se ganó la selección europea que formábamos. Una tarde entramos en el destacamento militar a jugar con los soldados. Cuando llegó la hora de arriar la bandera, el partido se interrumpió bruscamente, y todos nos cuadramos mientras la bandera descendía. El contraluz del soldado que tocaba la corneta y el que arriaba la bandera, con sus figuras recortadas sobre un hermosísimo crepúsculo, era digno de una película de Clint Eastwood.



Al fin, al quinto día llegó el barco que esperábamos, el “San Martín”, y esa noche dejamos nuestras habitaciones en el único hotel que había en el pueblo, colgamos nuestras hamacas en el barco y dormimos allí mientras los cargadores aprovechaban el fresco de la noche para ir llenando la bodega. De madrugada, alguien que nos apuntaba con su linterna nos despertó. “Hola, soy la cocinera colombiana. Mucho gusto”. La cocinera colombiana del barco, que en realidad era un travesti, llegaba de beber cerveza y tenía ganas de departir con los forasteros. Por desgracia, no se le entendía nada de lo que farfullaba, y nosotros estábamos demasiado dormidos como para hacer amistad. A la quinta o sexta vez que nos dio la mano para presentarse tuvimos que ponernos un poquito serios para que se fuera y nos dejara dormir. Bajó las escaleras enojada, gritando: “soy la cocinera colombiana, soy la cocinera colombiana”. Días después, en Iquitos, todavía nos reíamos recordando esta anécdota, junto a muchas otras que nos iban suceder durante el viaje. No sabíamos lo que nos esperaba por pasar, a bordo del “San Martín”.



jueves, 13 de enero de 2011

Historias

En Nuevo Rocafuerte me informan de que el barco de carga que pensaba tomar hasta Iquitos no partirá hasta enero: han asesinado a su capitán. Al parecer andaba metido en asuntos de narcotráfico y, una semana antes de mi llegada, unos colombianos lo asesinaron a bordo junto a parte de su tripulación. La lancha es municipal, así que el cabildo tiene que reunirse para nombrar un nuevo capitán, y hasta enero no se tomará una resolución. Como siempre, me cuentan esta historia con una impasible naturalidad. Hace una semana que han asesinado a un vecino del pueblo, y la gente sigue su vida normal, se diría que hasta con alegría. Ya no me extraña. La violencia en muchas de estos lugares está tan naturalizada, tan imbricada en la vida cotidiana, que la mayoría de las veces las historias que te cuentan se ven impregnadas de irrealidad. Es, sin duda, verdad, pero es como si fuera mentira. Todo esto me ha hecho recordar la historia del joven shuar.

Ocurrió en Coca, la noche antes de mi partida. Me encontraba en una terraza de una calle muy concurrida (era noche de sábado), tomando una hamburguesa y una cerveza, cuando un joven indígena de no más de 20 o 21 años, muy borracho, se me acercó y se sentó a mi lado. Me dijo que era vicepresidente de una comunidad shuar, y me ofreció alojamiento allí, y el acostumbrado tour por la selva. Cuando le dije que no me interesaba, comenzó a contarme una historia según la cual una familia shuar originaria de su comunidad se dedicaba a asesinar gente para vender cabezas reducidas a millonarios extranjeros, y que él, como vicepresidente, no podía consentir ese crimen, y que si encontraba a esa familia que deshonraba el nombre de los Shuar los mataría a todos con sus propias manos. Hasta cierto punto no me extrañó, los shuar son los antiguamente llamados “jíbaros”, famosos por su técnica de reducción de cabezas, y yo he visto varias de ellas en el museo de Cuenca (Ecuador). En la actualidad, por supuesto, está prohibida esa actividad, aunque los shuar la siguen practicando con los monos en determinados ritos de iniciación. También había escuchado que se habían dado casos de turistas excéntricos que compraban auténticas cabezas humanas reducidas clandestinamente, pero en esta ocasión pensé que mi inesperado compañero de mesa sólo pretendía impresionarme. En todo caso, el alcohol estimulaba en él una vehemente insistencia. Comenzaba a regodearse con la perspectiva de asesinar con sus propias manos a la familia que ofrecía cabezas a los turistas. Su voz, su mirada y sus gestos cada vez desprendían más violencia, y decidí no llevarle la contraria, desconectar mentalmente, e irme en cuanto terminara de comer.

Llevaba un rato absorto en mis pensamientos cuando algo en la voz del shuar me hizo volver a prestarle atención. Había cambiado de tema.

-Es una vieja que no la conoce nadie, no tiene a nadie, vive a la orilla del río, a dos kilómetros. 40.000 dólares.

-¿Cómo?

-No la conoce nadie, no tiene a nadie. A nadie le importa esa vieja. Su cabeza por 40.000 dólares.

-Pero… ¿tú la ibas a matar?

-Yo no. La matan unos amigos y yo reduzco su cabeza. 40.000 dólares.-Los ojos del shuar brillaban de excitación.

A mi alrededor atronaba la música de los disco-pubs que me circundaban. La calle bullía de gente que paseaba con helados o cervezas en las manos, y en una terraza de Coca un joven shuar borracho me estaba ofreciendo la cabeza reducida de una vieja por 40.000 dólares. De nuevo la sensación de irrealidad. Me excusé lo más amablemente que pude, para no desairarle, y entonces me pidió un par de dólares, y me dijo que no tenía dónde dormir. Tampoco se los di y, tras asegurarme de que no me seguía, volví a mi hotel. Aún ahora no sé si se trataba de una fantasía de borracho, una exageración o una estafa (habría que ver lo que me hacían pasar por una cabeza reducida real), pero sí sé que la agresividad contenida del joven era palpablemente real, que alguien que en Coca no tiene dónde dormir y que se conformaría con dos dólares que le diera podría ser capaz de hacer muchas cosas a cambio de cuarenta mil, y que yo también estoy empezando a contar historias escabrosas con impasible naturalidad.

Al capitán de mi barco de carga lo han asesinado. Andaba en asuntos de narcotráfico y unos colombianos hace una semana subieron al barco y lo asesinaron junto con parte de su tripulación. Con Alex y Charlotte, la pareja de biólogos franceses con los que he hecho amistad, fletaremos una canoa particular y seguiremos río Napo abajo, hasta Pantoja, la primera localidad de Perú.

Rumbo a la frontera (Yasuní-ITT)

El muelle de Coca no es muy grande ni está muy transitado. Aparte de canoas privadas y algunas lanchas de agencias que llevan a los turistas a albergues en la selva, de aquí sólo parte una lancha pública, que desciende durante ocho horas el río Napo hasta llegar a Nuevo Rocafuerte, pequeña población donde se ubica el puesto fronterizo de Ecuador con Perú. Es por eso que en la mañana del domingo cinco de diciembre, entre una densa niebla que aún invade el ambiente, sólo dos o tres vendedores de comida y gaseosas contemplan con resignada somnolencia a la cincuentena de pasajeros que nos disponemos a embarcar en esa dirección. Salvo yo y una pareja de franceses que pronto serán mis amigos, da la impresión de que todo el mundo se conoce, y los que no se conocen en seguida empiezan a intimar.

-Yo tengo cincuenta y tantos nietos. Biznietos… De todo tengo.

-Lo mejor son los nietos. Los biznietos… pertenecen a otro rango.

-Sí. Pero son de la generación.

-Sí, claro, son de la generación.

Cada persona que se instala en la lancha intercambia amables saludos con todos los pasajeros. Inician perezosas conversaciones con voz dulce y pausada. Se ofrecen galletas, se prestan el periódico… Los hombres llevan pesadas cajas y herramientas de labor, las mujeres jóvenes, la mayoría con algún niño, llevan libros de texto de secundaria y aprovecharán el viaje para hacer tareas de Lengua o Matemáticas. Sin duda vienen de la escuela semipresencial de adultos, donde estudian para sacarse el graduado. Las abuelas portan adornos de Navidad. Observo que todos los varones, hombres y niños, llevan el cabello perfectamente recortado. Caigo entonces en la cuenta de que yo mismo fui a la peluquería el día anterior, en previsión de que no volviera a encontrar una en bastante tiempo. Me hace gracia imaginarnos. La lancha de los pelados.

Hace tiempo que hemos zarpado y no cesa la animación. La gente se cambia de asiento para comentar algo a algún vecino, los niños, los periódicos y las golosinas pasan de mano en mano. Todo el mundo es apacible y sonriente. Más que un puñado de vecinos que, tras efectuar alguna gestión en la ciudad, se disponen a soportar ocho horas de viaje para regresar a sus casas, se diría una excursión de viejos amigos. Qué fácil parece, a veces, vivir.

Navegamos entre una inmensidad de espuma de un color de serrín sucio que me intriga. Le pregunto a mi compañero de asiento y me dice, sin darle mayor importancia, que no sabe qué es. Al tiempo llego a la conclusión de que es producto de la fermentación de los troncos de árboles que arrastra el río en su crecida. Por momentos se diría que navegamos entre bloques de hielo sucio, en la Antártida, si no fuera por el verde saturado que brilla en ambas costas. Por lo demás nadie, salvo yo, mira el paisaje. A la izquierda, selva, interrumpida a menudo por chacras de plátanos, haciendas de vacas, chozas aisladas de campesinos, y minúsculas comunidades. A la derecha, selva. Selva virgen. Es el Parque Nacional Yasuní.

Hace tiempo que quería tener una oportunidad para hablar del Parque Nacional Yasuní, 982.000 hectáreas de selva que albergan la mayor biodiversidad de todo el planeta. Baste decir que en una hectárea del Yasuní se encuentran más especies animales distintas que las que puede haber en toda Europa. Tanta es la biodiversidad en este Parque que en él se protege también la pervivencia de dos grupos humanos. Al sur, en la llamada “zona intangible” los Tagaeri y los Toromenane perviven en aislamiento voluntario, dedicados como desde hace siglos a la caza y la recolección, y sin el menor contacto con el mundo exterior. Al menos en teoría. Los Huaorani, que viven también dentro del parque, sí están contactados, y es un secreto a voces que a menudo realizan sangrientas incursiones en la zona intangible para ahuyentar a Tagaeri y Toromenane y abrir camino a las empresas clandestinas de tala de madera, que los recompensan con dinero, armas y alcohol. Guerras tribales, dicen que son.

Pero la verdadera amenaza del Parque Yasuní es, como siempre, el petróleo. El subsuelo de este parque es riquísimo en crudo, y para cualquier gobierno supondría una importante fuente de ingresos explotar aunque fuera una parte de él. Desde 2007, sin embargo, el gobierno de Rafael Correa ha asumido como propia una original iniciativa que surgió de los movimientos civiles y que podría marcar una nueva etapa en la lucha de los pueblos por la defensa y conservación de su patrimonio natural. Mediante la propuesta Yasuní-ITT el gobierno se compromete a dejar el petroleo de Yasuní debajo de la tierra a cambio de que la comunidad internacional le indemnice al menos con el 50% de las utilidades que podría obtener de su explotación, lo que asciende a 350 millones de dólares anuales. Este dinero sería administrado por un fideicomiso del PNUD (Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo) y se dedicaría a la conservación de 19 áreas protegidas ecuatorianas, un programa de reforestación y un cambio de matriz energética que implementaría el uso de las energías renovables en el país. Aunque varios países, entre ellos España, han apoyado de boquilla esta iniciativa, hasta el momento sólo Chile ha aportado 100.000 dólares para la causa, así como diversas personas o entidades particulares. El presidente Correa ya ha advertido de que si en diciembre de 2011 no se ha recaudado el dinero previsto dará comienzo a la explotación de una parte del Yasuní. (Más información sobre Yasuní-ITT aquí)

Excepto en la zona intangible, es posible penetrar en el Yasuní, e incluso visitar a los Huaorani, pero son necesarios como mínimo ocho o nueve días de expedición, y sólo el guía cobraría 150 dólares al día, por lo que pensé que la aventura excedía mi presupuesto. Un mes después, mientras escribo estas líneas en el oasis de Huacachina, en Perú, no sé todavía si me arrepiento.

Hace horas que el calor y la monotonía del paisaje apagaron las últimas conversaciones. Ahora que el sol dora las enrevesadas copas de los árboles del Yasuní, ahora que se escuchan los pájaros y se los intuye entre la maleza, se hace presente también entre los pasajeros una inexpresable agitación. Miro al frente. Cuatro o cinco casas, a lo lejos. Llegamos a Nuevo Rocafuerte.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Río Napo

FOTOS: RENÉ ROESLER

Por la mañana, pasamos a vista y junto a un pueblo muy grande y muy vicioso, y tenía muchos barrios, y en cada barrio desembarcaderos al río, y en cada desembarcadero había muy gran copia de indios, y este pueblo duraba más de dos leguas y media.



Fuimos caminando siempre por muy gran poblado, que hubo día que pasamos más de veinte pueblos, y esto por la banda donde nosotros íbamos.


...y convenía conservar la vida de todos, porque no distaban un pueblo de otro distancia de media legua, y menos en toda aquella banda del río de la mano diestra, que es de la banda del sur; y más digo que la tierra adentro, a dos leguas, y a más, y a menos, parecían muy grandes ciudades que estaban blanqueando.


...que son tantos y tan sin número los indios, que si desde el aire dejaran caer una aguja, ha de dar en cabeza de indio y no en el suelo.




"Relación que escribió Fray Gaspar de Carvajal, fraile de la orden de Santo Domingo de Guzmán, del nuevo descubrimiento del famoso río grande que descubrió por muy gran ventura el capitán Francisco de Orellana desde su nacimiento hasta salir a la mar, con cincuenta y siete hombres que trajo consigo y se echó a su ventura por el dicho río, y por el nombre del capitán que le descubrió se llamo el río de Orellana", "Relación del descubrimiento del río de las Amazonas, hoy San Francisco de Quito, y declaración del mapa donde está pintado (atribuida al jesuita Alonso de Rojas)" en Diaz Maderuelo, Rafael (ed.) La aventura del Amazonas. Madrid, Dastin, 2002.